
Fotograma del Filme Naked Lunch de David Cronenberg (1992)
Siempre quise ser escritor, igual que tú.
¿Por qué? Pues la verdad nunca supe por qué. Quizás pura vanidad o simple aburrimiento, lo cierto es que desde que empecé a leer Poe, Eliot, Stocker, Saramago e inclusive Shakespeare –bueno claro, cuando lograba entenderle una que otra oración– algo en mi cambió. Parecía como si un fulgor demasiado frío quemara todo lo que llevaba por dentro, quizás mi alma, o más bien esa obsesión enfermiza a la que todos llaman alma. El punto es que se sentía bien, me gustaba. Estar perdido en la nada de las letras, en el vacío de la tinta, acabar de leer para luego enterarme que el mundo seguía ahí, vaya, no había nada igual.
Sí, tienes razón, quizás era mi escape, mi evasión o cualquier otra artimaña psicológica de mi retraída personalidad, lo único que sé es que me gustaba y nada más tenía que importar. Y pues por qué no perder a las demás personas en mis letras sin sentido ¿no?
De manera que empecé a crearme como escritor, y todo fue bien hasta que traté de escribir. No era tan fácil como creía, de hecho resultó ser casi imposible. Sólo conseguía mierda tras mierda en el papel, nada bueno, nada que realmente valiera la pena, solo palabras amorfas tratando de emular narraciones de otros, todo un festejo de tinta y de estupideces decoradas con intentos de ingenio. Después de años en vela la verdad llegó a mí, tan cruda como siempre: escribir no era lo mío. El problema es que me di cuenta de esto demasiado tarde. Había dejado atrás mi carrera, le había dado la espalda a mis padres que nunca llegaron a entender por qué su futuro medico había empezado a fumar, a hablar de cosas sin sentido y finalmente se había mudado a un cuarto perdido en el cemento citadino para que nunca más le volvieran a ver.
No me quedó de otra que refugiarme en la apariencia de un escritor, ya sabes la vida bohemia. Vestí como creí que los escritores debían vestirse, pensé y hablé como un autómata intelectual siempre refiriéndose a nada, citando a nada y explicando nada. Creí que así lograría escribir algo decente, que la vida de escritor sería más sencilla que la de un médico. Me equivoqué. Años después entendí que de hecho, los escritores no tienen vida, y que toda mi apariencia era una patética estupidez.
Bueno vale, lo acepto, lo acabo de entender.
Sí, es cierto, la idea de suicidarme pasó por mi mente varias veces ¿A quién no le ha pasado de todos modos? Pero peor que aceptar que escribir no era lo mío, era aceptar que vivir no era lo mío. No me quedó de otra que sumergirme en la inercia vacua del mundo, esa que lo mueve a quien sabe dónde. Navegué en apariencias y en placeres mundanos hasta que simplemente el asco me pudo.
Si bien nunca pude escribir nada auténticamente mío, se me daba muy bien realizar, digamos, adaptaciones de mis cuentos favoritos. Perdona si me rio, es que realmente eran plagios y el termino de adaptación… bueno, te lo creíste.
Sí, tienes razón, todos los escritores se ven influenciado por los estilos de sus autores preferidos, pero no, lo mío no era esto, es que realmente copiaba fragmentos, los unía con cierta coherencia, y bueno para escribir podía ser un asco pero para unir y copiar ¡Dios, era un genio! Ya sabes, es como cocinar: una pisca de Poe, algo de Sábato, después un poco de Barker, terminas con Shakespeare y voilá.
Lo cierto es me divertía haciendo esto, no era nada genial, pero resultaba divertido. Hasta que llegó el día en el que cometería la mayor estupidez de mi vida: envié uno de mis apetitosos plagios a una reconocida editora.
No, sabía perfectamente que esto no me haría escritor, sabía perfectamente lo que me vendría después: una demanda, un abogado furioso por mi descaro literario, lo perdería todo y voilá, finalmente colgado tras las rejas. De todos modos ya me estaba cansando a la farsa a la que llamaba vida. Grande fue mi sorpresa al recibir una carta de la editora en cuestión, extrañamente entusiasmada y admirada por el supuesto cuento que yo había escrito, querían publicarlo y publicarme a mí como la revelación del año.
Sí, tienes razón, fue inevitable pensar que la gente era demasiado estúpida, que la vida era demasiado estúpida, pero si algo he aprendido en tantos años de respirar mentiras, es que las apariencias siempre engañan y detrás de todo acto estúpido existe siempre una intención ingeniosamente siniestra esperando atacar al que se intente pasar de listo. Debía ser una trampa, no cabía duda, o quizás simplemente se estaban burlando de mí.
Bueno, yo decidí burlarme de ellos.
Le respondí a la editora agradecido por tan dichosa oportunidad, pero les informé que el cuento no estaba del todo acabado y les pedí que esperaran una nueva versión que sin duda rebasaría en creces a la anterior. Naturalmente accedieron, sin demostrar demasiada importancia. Así que una noche de invierno, muy parecida a la que en este momento hace temblar mis huesos, desperté al farsante que había criado durante toda mi vida y me decidí a elaborar el mejor plagio que jamás hubiera creado.
Vaya que fue una noche divertida, vacía eso sí, pero sumamente divertida. Reuní todos mis cuentos favoritos, todas las obras que le habían dado un sentido a despertarme cada mañana, y les miré sabiendo que ellas también me miraban a mí, sabiendo que dentro de poco empezarían a odiarme. No importaba, de todos modos yo también me odiaba.
Empecé con algo de Poe e inicié al relato con un personaje con rasgos de sutil locura, ya sabes como en “El corazón delator”, después me decidí por Barker, y en primera persona empecé a burlarme grotescamente del personaje que estaba encarnando, inclusive copie textualmente el humor negro que impregna “El charlatán y Jack” ¿Lo has leído?, sí, lo sé, no es tan conocido. En ese momento recordé a Saramago y su ingenioso “Ensayo sobre la ceguera”, y no le vi problema a encubrir a mi personaje en sentimientos humanos hipócritamente prohibidos.
En fin, no tienes que bostezar. Viaje durante toda la noche de un autor a otro, de un cuento a otro, copiando descaradamente los grandes retazos de paradojas y contradicciones que los habían hecho grandes.
Que si me sentí mal, bueno, fue algo más que eso. Sabía perfectamente que a cada letra en el papel algo dentro de mí moría, y vaya que dolía. En ocasiones parecía que la máquina de escribir vomitaría toda su tinta por la presencia de tan patético cobarde frente a ella y en ocasiones yo mismo creí que vomitaría. No importaba, prefería asesinar lo que quedaba de mi alma, a dejarla encerrada en la esperanza fútil en la que estaba inmersa. Ya sabes, mejor morir de pie a vivir arrodillado, dicen algunos. El punto es que seguí adelante sin importar las lagrimas, sin importar las nauseas y el infinito asco que sentía por mí mismo. Simplemente seguí adelante.
El sol apenas empezaba a acariciar el horizonte aguamarina como si fuese el océano arribando en la orilla, cuando después de copiar una metáfora de Neruda acerca del amanecer, decidí darle final a mi gran plagio.
Pero me había equivocado en algo, había hecho de mi relato, bueno de mi plagio, imposible de concluir, por lo menos con algún fragmento de cualquier otro. Revisé uno por uno de los fragmentos que disponía, y créeme, eran bastantes, pero nada, no encontré nada coherente. Pasé días y quizás semanas buscando algún fragmento que pudiera concluir el fantasma deforme que imploraba que le diera fin, pero no encontré nada que valiera la pena.
¿Qué hice? Pues lo que había soñado durante tanto tiempo: escribir, sí, era un asco, pero qué más daba, igual todo era una burla al sin sabor que consideraba vida, bueno claro, también a la editora. Me enfrenté a la máquina de escribir, e hice mi mayor esfuerzo por concluir el plagio con mis propias palabras. Me costó varios años, una fortuna en cigarrillos y calmantes, unas cuantas arrugas en mi rostro y demasiadas cicatrices en mi alma, y cuando, después de tanto, pude teclear el punto final, no me gustó lo que había escrito, era de esperarse, nunca me ha gustado lo poco que he escrito. Como te decía, para escribir soy un asco.
Pero no importaba, igual lo envíe a la editora que me había acosado todos esos años y que poco a poco había perdido la esperanza de que les enviara algo. Lo único que esperaba es que todavía les importara lo suficiente para demandarme, y si tenía suerte, para condenarme.
¿Miedo? Sí, de pronto lo tenía pero lo más seguro es que me volara los sesos antes si quiera de presentarme al juzgado que me condenaría con la furia de todos aquellos maestros de los que me había burlado. Oh sí, la venganza sería realmente dulce.
No, desafortunadamente la historia no acaba aquí.
Pasaron los años, gané un Nobel, y ahora las personas me ven caminar por la calle y creen que sé escribir.
De hecho, hace poco me crucé contigo, y vaya que eras un joven bastante peculiar. Fumabas y hablabas como intentando emular a cualquier bohemio, me has dicho que tu mayor sueño es ser escritor pero que simplemente escribir no es lo tuyo, inclusive me rogaste, tirado en el piso cual perro ahogado en su propia vanidad, que te contara el secreto de mi supuesto don. Me pareciste demasiado, si vas a admirar a alguien, no admires a un viejo que solo ha publicado un cuento en sus ridículos sesenta años, un relato literalmente plagiado de muchos más que lo llevaron a un patético éxito. Y ahora me ruegas que te cuente de donde ha surgido dicho relato.
Bueno chico… deberías prestar más atención.
¿Qué si me siento culpable?
Quizás sí, lo que pasa es que no sé de qué y bueno, me duele admitirlo pero soy un triste ejemplo de la estupidez humana. A menos claro que todo haya sido una trampa del destino y que éste, tan perezoso como siempre, haya olvidado activarla.
¿Mis aspiraciones? Hace tiempo que murieron, acaso no las hueles, creo que el hedor empieza a ser insoportable, pero es que no sé donde enterrarlas, el olvido todavía no es suficiente.
Sí, yo también me pregunto de dónde demonios surgieron aquellos relatos tan geniales que me hicieron sentir vivo en algún momento, y que copié para buscar un éxito que ahora me parece repugnante. Me lo pregunto todos los días.
No sé, quizás el mundo ha cambiado demasiado.
Ahora, lo único que me preocupa es que el nudo de esta soga quedé bien amarrado –nunca fui bueno para las manualidades–, y que la caída logre romperme el cuello, me han dicho que morir ahogado duele demasiado y es aburrido. ¿Por qué me miras así? No es mi culpa que no hayas logrado escapar del espejo, después de todo, mi locura no llegó a ser tan desquiciada, eso creo.
Pues lo siento, pero ya sabes, si plagias a un hombre consigues una demanda, pierdes todo lo que podrías considerar tuyo y terminas pudriéndote en la soledad de las rejas. Si plagias a Dios, te vuelves loco, te suicidas y terminas pudriéndote en la soledad del infierno.
No es que haya mucha diferencia.