Memories of Oblivion

Todo aquel que tenga una razón para vivir, puede soportar cualquier forma de hacerlo.
La primera página de un cómic que realice para la universidad. Es mi primer acercamiento con este tipo de narración por lo cual mi dibujo y mi organización es bastante tosco. El cómic está basado en el siguiente cuento, que trata de mi percepción individual acerca de mi primer día en el “paro” estudiantil que atravesó mi universidad el año pasado.Día Cero  
La última vez que me viste hacía frío y el sol apenas despertaba. Salía hacia la universidad como cualquier otro día. Nos despedimos en el umbral de la puerta. Sabes que siempre he odiado madrugar.
No debí dormirme en ese maldito bus, no debí. De alguna forma pasaron mil años mientras recorría la ciudad. Lo supe en el momento en él que abrí los ojos: era de noche, el bus no podía seguir avanzando porque una barricada de escombros obstruía la vía. El conductor había desaparecido, yo era el único pasajero del bus. Me bajé. No había luna, tampoco estrellas, sólo un tímido fulgor rojo que palpitaba a lo lejos en la oscuridad del cielo.
No sé qué pasó, sigo sin entenderlo.
Conocía el lugar en donde estábamos. Era la calle 30, o al menos así se había llamado en mejores tiempos. Todo estaba en ruinas. Carros incinerados, camiones volcados, y un par de cadáveres en el asfalto que aún humeaban. Era difícil ver en aquella oscuridad. Me alejé del bus mientras las rodillas me temblaban. Caminé hacia el sur sorteando aquella carretera apocalíptica.
Llegué a las ruinas que antes habían sido la entrada principal de mi universidad. El instinto movió mis pies. Con cierta dificultad escalé las heladas rocas y pasé al otro lado, para darme cuenta, horrorizado, que la devastación y la desolación habían arrasado con el campus. No se vislumbraba ningún alma en kilómetros, sólo edificios derrocados, piedra carbonizada, vidrios quebrados, y maleza seca en donde una que otra fogata se extinguía en silencio. Recorrí los caminos de la universidad mientras buscaba a alguien que me explicara lo que pasaba. En cada edificio, en cada rincón árido y desértico de aquella pesadilla de la que anhelaba tanto despertar. No encontré a nadie. Empezó a lloviznar, la lluvia era roja, oscura.
Caminé por siglos, mientras la noche se tornaba silenciosa, sombría… siniestra. Sin darme cuenta mi cabeza rozó con lo que en días mejores fueron un par de pies, y ahora eran sólo huesos deformes con jirones de carne seca. Había un cadáver colgado de un alto árbol. Estaba desfigurado. El terror se caló en mis venas. Corrí como nunca había corrido en mi vida escapando de aquella visión.  Sentía que aquel esqueleto podrido se bajaría y empezaría a perseguirme en cualquier momento.
Llegué a la plaza principal de la universidad, enfrente del montón de escombros que había sido la biblioteca central. Una gran hoguera se extinguía en el centro, las cenizas inundaban el aire, el suelo estaba tapizado de cráneos. Me detuve jadeando mientras sentía que vomitaría un pulmón. Siempre me dijiste que el cigarrillo me mataría. Las cuencas vacías de las calaveras me miraban con odio, con lástima.
De pronto un disparo, aquel sonido inconfundible. Después calor en mi hombro, seguido de un ardor familiar y vago. Humedad. Me habían dado. Volteé rápidamente. Un hombre con piel de vaca en su espalda y una máscara de gas me apuntaba con un rifle a unos quince metros de distancia. La oscuridad era profunda. Me tiré al piso mientras otro disparo silbaba por encima de mi cabeza. Metros adelante un cuerpo cayó al suelo. Otro visitante desafortunado de aquel infierno. Repté como pude hacia las ruinas de la biblioteca y me escondí detrás de una viga corroída por el tiempo.
Observé aterrorizado cómo el hombre con piel de vaca se acercaba al desgraciado que acaba de casar, el rostro del hombre estaba destrozado por el impacto de la bala. Piel de Vaca se quitó la máscara y empezó a olfatearlo.  De repente, mordió y arrancó parte del cuello del hombre con unos dientes que habían sido mortalmente afilados. En ese momento fue cuando me oriné en los pantalones, nunca había tenido tanto miedo en mi vida. Mis gemidos de terror alertaron a Piel de Vaca que se irguió y me miró con aquellos ojos sin pupilas. Aquel monstruo todavía tenía un pedazo de carne chorreando sangre entre sus dientes.
Mis pies me salvaron. Corrí, me resbalé, repté, salté, cavé y seguí corriendo por horas y días, adentrándome, sin saberlo en los sótanos de la biblioteca, en donde la oscuridad es infinita.
Desde aquí te escribo. No sé cuánto tiempo ha pasado desde que pasó todo aquello. Días, meses, horas… quizás minutos. No sé qué ha pasado con el mundo y creo que nunca lo sabré. Sólo me acompaña el silencio de los cadáveres. A veces oigo disparos, a veces siento que insectos se mueven a mí alrededor en la oscuridad. Esperan mi carne. No tendrán que hacerlo por mucho más tiempo. La herida en mi hombro está cada vez peor y hay algo en el aire, algo venenoso. Cada vez me es más difícil respirar. 
Tenía que despedirme, así nunca leas esta carta escrita a la luz del encendedor que dio vida a mis últimos cigarrillos. Muero a cada palabra, ya no falta mucho.
Perdóname, nunca te dije lo mucho que te amaba. Adiós.

La primera página de un cómic que realice para la universidad. Es mi primer acercamiento con este tipo de narración por lo cual mi dibujo y mi organización es bastante tosco. El cómic está basado en el siguiente cuento, que trata de mi percepción individual acerca de mi primer día en el “paro” estudiantil que atravesó mi universidad el año pasado.

Día Cero  

La última vez que me viste hacía frío y el sol apenas despertaba. Salía hacia la universidad como cualquier otro día. Nos despedimos en el umbral de la puerta. Sabes que siempre he odiado madrugar.

No debí dormirme en ese maldito bus, no debí. De alguna forma pasaron mil años mientras recorría la ciudad. Lo supe en el momento en él que abrí los ojos: era de noche, el bus no podía seguir avanzando porque una barricada de escombros obstruía la vía. El conductor había desaparecido, yo era el único pasajero del bus. Me bajé. No había luna, tampoco estrellas, sólo un tímido fulgor rojo que palpitaba a lo lejos en la oscuridad del cielo.

No sé qué pasó, sigo sin entenderlo.

Conocía el lugar en donde estábamos. Era la calle 30, o al menos así se había llamado en mejores tiempos. Todo estaba en ruinas. Carros incinerados, camiones volcados, y un par de cadáveres en el asfalto que aún humeaban. Era difícil ver en aquella oscuridad. Me alejé del bus mientras las rodillas me temblaban. Caminé hacia el sur sorteando aquella carretera apocalíptica.

Llegué a las ruinas que antes habían sido la entrada principal de mi universidad. El instinto movió mis pies. Con cierta dificultad escalé las heladas rocas y pasé al otro lado, para darme cuenta, horrorizado, que la devastación y la desolación habían arrasado con el campus. No se vislumbraba ningún alma en kilómetros, sólo edificios derrocados, piedra carbonizada, vidrios quebrados, y maleza seca en donde una que otra fogata se extinguía en silencio. Recorrí los caminos de la universidad mientras buscaba a alguien que me explicara lo que pasaba. En cada edificio, en cada rincón árido y desértico de aquella pesadilla de la que anhelaba tanto despertar. No encontré a nadie. Empezó a lloviznar, la lluvia era roja, oscura.

Caminé por siglos, mientras la noche se tornaba silenciosa, sombría… siniestra. Sin darme cuenta mi cabeza rozó con lo que en días mejores fueron un par de pies, y ahora eran sólo huesos deformes con jirones de carne seca. Había un cadáver colgado de un alto árbol. Estaba desfigurado. El terror se caló en mis venas. Corrí como nunca había corrido en mi vida escapando de aquella visión.  Sentía que aquel esqueleto podrido se bajaría y empezaría a perseguirme en cualquier momento.

Llegué a la plaza principal de la universidad, enfrente del montón de escombros que había sido la biblioteca central. Una gran hoguera se extinguía en el centro, las cenizas inundaban el aire, el suelo estaba tapizado de cráneos. Me detuve jadeando mientras sentía que vomitaría un pulmón. Siempre me dijiste que el cigarrillo me mataría. Las cuencas vacías de las calaveras me miraban con odio, con lástima.

De pronto un disparo, aquel sonido inconfundible. Después calor en mi hombro, seguido de un ardor familiar y vago. Humedad. Me habían dado. Volteé rápidamente. Un hombre con piel de vaca en su espalda y una máscara de gas me apuntaba con un rifle a unos quince metros de distancia. La oscuridad era profunda. Me tiré al piso mientras otro disparo silbaba por encima de mi cabeza. Metros adelante un cuerpo cayó al suelo. Otro visitante desafortunado de aquel infierno. Repté como pude hacia las ruinas de la biblioteca y me escondí detrás de una viga corroída por el tiempo.

Observé aterrorizado cómo el hombre con piel de vaca se acercaba al desgraciado que acaba de casar, el rostro del hombre estaba destrozado por el impacto de la bala. Piel de Vaca se quitó la máscara y empezó a olfatearlo.  De repente, mordió y arrancó parte del cuello del hombre con unos dientes que habían sido mortalmente afilados. En ese momento fue cuando me oriné en los pantalones, nunca había tenido tanto miedo en mi vida. Mis gemidos de terror alertaron a Piel de Vaca que se irguió y me miró con aquellos ojos sin pupilas. Aquel monstruo todavía tenía un pedazo de carne chorreando sangre entre sus dientes.

Mis pies me salvaron. Corrí, me resbalé, repté, salté, cavé y seguí corriendo por horas y días, adentrándome, sin saberlo en los sótanos de la biblioteca, en donde la oscuridad es infinita.

Desde aquí te escribo. No sé cuánto tiempo ha pasado desde que pasó todo aquello. Días, meses, horas… quizás minutos. No sé qué ha pasado con el mundo y creo que nunca lo sabré. Sólo me acompaña el silencio de los cadáveres. A veces oigo disparos, a veces siento que insectos se mueven a mí alrededor en la oscuridad. Esperan mi carne. No tendrán que hacerlo por mucho más tiempo. La herida en mi hombro está cada vez peor y hay algo en el aire, algo venenoso. Cada vez me es más difícil respirar. 

Tenía que despedirme, así nunca leas esta carta escrita a la luz del encendedor que dio vida a mis últimos cigarrillos. Muero a cada palabra, ya no falta mucho.

Perdóname, nunca te dije lo mucho que te amaba. Adiós.

Amor de Servilleta
(Fotograma del Filme Lost in Translation de Sofia Coppola, 2003)
A ese poema que me hizo conocerte. 
I
Tu  voz hacía estremecer hasta los cráteres de la luna, hasta las venas oxidadas de mi corazón.  Nunca vas a saber quién soy pero te seguí toda la noche, o al menos a tu reflejo. Por entre el murmullo de la noche y los silencios de la lluvia. Te llamabas música, te llamabas sombra, te llamabas estrella. Eras como el humo azul que escupía mi alma, eras como el brillo de los charcos en el asfalto. Eras esa cálida ceniza roja que caía a gotas en medio del frío espectral de las calles. Te seguí entre los rincones más oscuros del pálido amanecer, te seguí entra la nostalgia más vacía de las calles muertas. Cuantas veces me decidí por hablarte, por tocarte el hombro y decirte que se me iba la vida descifrando el laberinto de tus ojos, decirte que se me iba el mundo con la melodía de tus silencios. Que nunca te había visto y que aún así te extrañaba tanto, pero tanto.  Que nos fuéramos a una nube y nos bebiéramos todas las estrellas. Que me llevaras a tu luna y nos fumáramos los rayos del sol. Cuantas veces me detuve en el último momento, en el último centímetro de mi mano a tu hombro, en mis palabras ahogadas en mi garganta. Y así seguiste toda la noche, escapando, volando, deslizándote por entre las calles tan veloz y tan perfecta. Y así te seguí toda la noche, escondiéndome entre las paredes, escondiéndome entre tus ojos de diamante, inmortales en mi alma, devastadores en mi corazón. Nunca te hablaré, nunca sabré quién eres pero aún así te ame, y te amo. Te voy a extrañar, vaya que te voy a extrañar. A tus labios color del fuego, a tu sonrisa fugaz como el viento. Te llamabas nadie, te llamabas todo, te llamabas lluvia.
II
Me lleva tiempo evocar su rostro. Y conforme vayan pasando los años, más tiempo me llevará. Duele, pero es cierto. Al principio sólo bastaban cinco segundos para recordarla, luego éstos se convirtieron en diez, en treinta segundos, en un minuto. El tiempo fue alargándose sin que yo me diera cuenta, igual que las sombras en el crepúsculo. Puede que pronto su rostro desaparezca absorbido por las tinieblas de la noche. Sí, es cierto. Mi memoria se está distanciando del lugar donde se hallaba ella. De la misma forma que se aleja del lugar en donde estaba mi yo de entonces. Sólo recuerdo el paisaje, aquella imagen del prado en octubre, vuelve una y otra vez a mi mente como la mejor escena de una película. Aquel paisaje sigue sacudiendo, salvaje, una parte de mi cabeza. «¡Vamos! ¡Arriba! ¡Aún estoy aquí! ¡Arriba! ¡Levántate y comprende! ¿Cuál es la razón de que todavía esté aquí?» No siento dolor. Únicamente el sonido hueco que acompaña cada patada. Pero también este eco se apagará algún día. Como se ha ido borrando, inevitablemente todo lo demás. Con todo, a bordo de aquel avión en ese aeropuerto del que ya no me acuerdo, la sacudida fue más fuerte, más prolongada que de costumbre. «¡Arriba! ¡Comprende!», decía. Por eso ahora estoy escribiendo. Soy de ese tipo de personas que no acaban de comprender las cosas hasta que las ponen por escrito.
III
Por más que grites nadie va a oírte, no hay esperanza alguna de que nadie te encuentre, los ciempiés y las arañas se mueven a tu alrededor, el suelo está lleno de huesos de personas que han muerto allá dentro, todo está oscuro, húmedo… Y allá arriba se dibuja un pequeño círculo de luz parecido a la luna en invierno. Y tú vas muriéndote allí, solo. Recordándola a ella, sí, siempre a ella. 
IV
En medio de mi letras danzas y te mueves. Te conocí en la barra de un bar. En medio de mis silencios susurras. Te conocí en una pradera naranja. En medio de mis suspiros me observas, allá en el recuerdo, lejana, desapareciendo poco a poco. Te conocí a la sombra de un árbol azul.
V
Te llevaste todo, arrasaste con todo, sin piedad ni misericordia. Yo sólo observaba cómo lo hacías. Eras caos. Eras de ese tipo de mujer, tenías ese tipo de belleza, de la que arrasa montañas y seca mares. Eras mi caos. Ahora, en medio de éste silencio te recuerdo, a través de mi tinta, a través de mis lágrimas. 
VI
La luna de los Domingos siempre está un poco rota. La mayoría de veces por la mitad. Yo, casi fantasma, casi transparente, me deslizo por la noche y me acerco a verla. La busco a ella dentro de los crateres plateados, la busco a ella dentro de aquellas sombras ancestrales. Siempre la veo, pero nunca la encuentro. Tal vez el brillo de la luna, me digo a mi mismo, no refleja más que el suyo. Tal vez la luna es ella. Y tal vez, sólo tal vez, si miro siempre al firmamento, ella me recuerde.
VII
Y quizás, al final de todo, no seas más que un recuerdo. Quizás nunca te vi, quizás nunca roce tu cuerpo. Tal vez tus labios no me besaron, tal vez mi alma no se enredó entre tus dedos. Sí, quizás caminas entre las calles de una ciudad diferente, por la multitud ciega, por las sombras del asfalto, sin saber quién soy, sin saber quien fui. Y yo aquí te sigo amando, sigo jugando a crear universos entre tus susurros que aún retumban silenciosos en mis oídos. 
VIII
Nunca entenderé por qué no me ves como yo te veo. Nunca. Eres como un fuego que arrasa si estoy cerca y que congela si estoy lejos. Yo contigo no necesito trucos, ni mentiras, ni estrategias, yo te amo directamente sin orgullos ni problemas. Yo esperaré a la vera de la noche a que la luna me de noticias tuyas, a que hablemos un poco de lo que fue y de lo que pudo haber sido. Y así yo te espero, cantando al invierno, fumándote en mis recuerdos. Algún día sabrás que existo, algún día. Sólo espero que para entonces no se me hayan quemado las venas. 

Amor de Servilleta

(Fotograma del Filme Lost in Translation de Sofia Coppola, 2003)

A ese poema que me hizo conocerte. 

I

Tu  voz hacía estremecer hasta los cráteres de la luna, hasta las venas oxidadas de mi corazón.  Nunca vas a saber quién soy pero te seguí toda la noche, o al menos a tu reflejo. Por entre el murmullo de la noche y los silencios de la lluvia. Te llamabas música, te llamabas sombra, te llamabas estrella. Eras como el humo azul que escupía mi alma, eras como el brillo de los charcos en el asfalto. Eras esa cálida ceniza roja que caía a gotas en medio del frío espectral de las calles. Te seguí entre los rincones más oscuros del pálido amanecer, te seguí entra la nostalgia más vacía de las calles muertas. Cuantas veces me decidí por hablarte, por tocarte el hombro y decirte que se me iba la vida descifrando el laberinto de tus ojos, decirte que se me iba el mundo con la melodía de tus silencios. Que nunca te había visto y que aún así te extrañaba tanto, pero tanto.  Que nos fuéramos a una nube y nos bebiéramos todas las estrellas. Que me llevaras a tu luna y nos fumáramos los rayos del sol. Cuantas veces me detuve en el último momento, en el último centímetro de mi mano a tu hombro, en mis palabras ahogadas en mi garganta. Y así seguiste toda la noche, escapando, volando, deslizándote por entre las calles tan veloz y tan perfecta. Y así te seguí toda la noche, escondiéndome entre las paredes, escondiéndome entre tus ojos de diamante, inmortales en mi alma, devastadores en mi corazón. Nunca te hablaré, nunca sabré quién eres pero aún así te ame, y te amo. Te voy a extrañar, vaya que te voy a extrañar. A tus labios color del fuego, a tu sonrisa fugaz como el viento. Te llamabas nadie, te llamabas todo, te llamabas lluvia.

II

Me lleva tiempo evocar su rostro. Y conforme vayan pasando los años, más tiempo me llevará. Duele, pero es cierto. Al principio sólo bastaban cinco segundos para recordarla, luego éstos se convirtieron en diez, en treinta segundos, en un minuto. El tiempo fue alargándose sin que yo me diera cuenta, igual que las sombras en el crepúsculo. Puede que pronto su rostro desaparezca absorbido por las tinieblas de la noche. Sí, es cierto. Mi memoria se está distanciando del lugar donde se hallaba ella. De la misma forma que se aleja del lugar en donde estaba mi yo de entonces. Sólo recuerdo el paisaje, aquella imagen del prado en octubre, vuelve una y otra vez a mi mente como la mejor escena de una película. Aquel paisaje sigue sacudiendo, salvaje, una parte de mi cabeza. «¡Vamos! ¡Arriba! ¡Aún estoy aquí! ¡Arriba! ¡Levántate y comprende! ¿Cuál es la razón de que todavía esté aquí?» No siento dolor. Únicamente el sonido hueco que acompaña cada patada. Pero también este eco se apagará algún día. Como se ha ido borrando, inevitablemente todo lo demás. Con todo, a bordo de aquel avión en ese aeropuerto del que ya no me acuerdo, la sacudida fue más fuerte, más prolongada que de costumbre. «¡Arriba! ¡Comprende!», decía. Por eso ahora estoy escribiendo. Soy de ese tipo de personas que no acaban de comprender las cosas hasta que las ponen por escrito.

III

Por más que grites nadie va a oírte, no hay esperanza alguna de que nadie te encuentre, los ciempiés y las arañas se mueven a tu alrededor, el suelo está lleno de huesos de personas que han muerto allá dentro, todo está oscuro, húmedo… Y allá arriba se dibuja un pequeño círculo de luz parecido a la luna en invierno. Y tú vas muriéndote allí, solo. Recordándola a ella, sí, siempre a ella. 

IV

En medio de mi letras danzas y te mueves. Te conocí en la barra de un bar. En medio de mis silencios susurras. Te conocí en una pradera naranja. En medio de mis suspiros me observas, allá en el recuerdo, lejana, desapareciendo poco a poco. Te conocí a la sombra de un árbol azul.

V

Te llevaste todo, arrasaste con todo, sin piedad ni misericordia. Yo sólo observaba cómo lo hacías. Eras caos. Eras de ese tipo de mujer, tenías ese tipo de belleza, de la que arrasa montañas y seca mares. Eras mi caos. Ahora, en medio de éste silencio te recuerdo, a través de mi tinta, a través de mis lágrimas. 

VI

La luna de los Domingos siempre está un poco rota. La mayoría de veces por la mitad. Yo, casi fantasma, casi transparente, me deslizo por la noche y me acerco a verla. La busco a ella dentro de los crateres plateados, la busco a ella dentro de aquellas sombras ancestrales. Siempre la veo, pero nunca la encuentro. Tal vez el brillo de la luna, me digo a mi mismo, no refleja más que el suyo. Tal vez la luna es ella. Y tal vez, sólo tal vez, si miro siempre al firmamento, ella me recuerde.

VII

Y quizás, al final de todo, no seas más que un recuerdo. Quizás nunca te vi, quizás nunca roce tu cuerpo. Tal vez tus labios no me besaron, tal vez mi alma no se enredó entre tus dedos. Sí, quizás caminas entre las calles de una ciudad diferente, por la multitud ciega, por las sombras del asfalto, sin saber quién soy, sin saber quien fui. Y yo aquí te sigo amando, sigo jugando a crear universos entre tus susurros que aún retumban silenciosos en mis oídos. 

VIII

Nunca entenderé por qué no me ves como yo te veo. Nunca. Eres como un fuego que arrasa si estoy cerca y que congela si estoy lejos. Yo contigo no necesito trucos, ni mentiras, ni estrategias, yo te amo directamente sin orgullos ni problemas. Yo esperaré a la vera de la noche a que la luna me de noticias tuyas, a que hablemos un poco de lo que fue y de lo que pudo haber sido. Y así yo te espero, cantando al invierno, fumándote en mis recuerdos. Algún día sabrás que existo, algún día. Sólo espero que para entonces no se me hayan quemado las venas. 

Dominar el Mundo
Fotograma del Filme The Road de John Hillcoat (2009)
“Cuando al realidad es tan triste que da miedo enfrentarla, lo único que queda es reírse de ella.”
Jaime Garzón
I 
El disparo acertó certero sobre el pecho del joven. El seco sonido del cuerpo caer sobre el duro asfalto rompió el silencio característico del temor capitalino.
Estaba consumado, por fin lo habían lo grado. Tras cientos de reuniones, búsquedas, investigaciones y planes, finalmente habían dado muerte al último joven sobre la faz de la tierra. Tan fugaz como violenta apagaron su luz, la apagaron por siempre, nunca más volvería a molestarlos.
Así, el régimen se había salvado. Así, el mundo, se había perdido.
Después de unos minutos, pocos minutos donde el tiempo pareció paralizarse, lenta, muy lentamente, se acercaron al cuerpo mientras el carmesí opaco teñía el gris árido del suelo.
Al ver la extraña expresión dibujada en el rostro del joven cadáver, a cada uno del selecto grupo –sin excepción alguna– le atacó un violento escalofrío que recorrió incómodamente sus medulas. ¡La expresión era fatal, horrible, aterradora!
Estaba… estaba sonriendo.
II
–Es…está muerto ¿No?– Retumbaron profundas las palabras tartamudas en las calles desoladas de la gran ciudad.
El líder del selecto grupo, tan arrugado como su alma, pasó al frente, y se paró valiente como el superhéroe que era.
–Así es. ¡Que sirva de lección para aquellos que se atrevan a oponerse a éste, nuestro nuevo mundo! – Entonces esbozaron todos, sus sonrisas de rata. 
– Seguro ya nada, ni nadie obstaculizará nuestros planes–
– ¿Nuestros planes?–
– ¡Dominar el mundo!—
El grupo entero escupió carcajadas, horribles carcajadas, sobre la soledad silenciosa de la noche. Y de alguna manera, de alguna extraña y siniestra manera, el cadáver les acompañó en su risa. Se burlaba de ellos. A su alrededor, ese nuevo mundo del que hablaban tanto, ese mundo que dominaban… no era más que un desierto de cemento y huesos.

Dominar el Mundo

Fotograma del Filme The Road de John Hillcoat (2009)

Cuando al realidad es tan triste que da miedo enfrentarla, lo único que queda es reírse de ella.”

Jaime Garzón

I

El disparo acertó certero sobre el pecho del joven. El seco sonido del cuerpo caer sobre el duro asfalto rompió el silencio característico del temor capitalino.

Estaba consumado, por fin lo habían lo grado. Tras cientos de reuniones, búsquedas, investigaciones y planes, finalmente habían dado muerte al último joven sobre la faz de la tierra. Tan fugaz como violenta apagaron su luz, la apagaron por siempre, nunca más volvería a molestarlos.

Así, el régimen se había salvado. Así, el mundo, se había perdido.

Después de unos minutos, pocos minutos donde el tiempo pareció paralizarse, lenta, muy lentamente, se acercaron al cuerpo mientras el carmesí opaco teñía el gris árido del suelo.

Al ver la extraña expresión dibujada en el rostro del joven cadáver, a cada uno del selecto grupo –sin excepción alguna– le atacó un violento escalofrío que recorrió incómodamente sus medulas. ¡La expresión era fatal, horrible, aterradora!

Estaba… estaba sonriendo.

II

–Es…está muerto ¿No?– Retumbaron profundas las palabras tartamudas en las calles desoladas de la gran ciudad.

El líder del selecto grupo, tan arrugado como su alma, pasó al frente, y se paró valiente como el superhéroe que era.

–Así es. ¡Que sirva de lección para aquellos que se atrevan a oponerse a éste, nuestro nuevo mundo! – Entonces esbozaron todos, sus sonrisas de rata.

– Seguro ya nada, ni nadie obstaculizará nuestros planes–

– ¿Nuestros planes?–

– ¡Dominar el mundo!—

El grupo entero escupió carcajadas, horribles carcajadas, sobre la soledad silenciosa de la noche. Y de alguna manera, de alguna extraña y siniestra manera, el cadáver les acompañó en su risa. Se burlaba de ellos. A su alrededor, ese nuevo mundo del que hablaban tanto, ese mundo que dominaban… no era más que un desierto de cemento y huesos.

Terrible Como La Locura Misma
Fotograma del filme Psycho de Alfred Hitchcock (1960)
«Para el que anhele la locura por el sopor de sus días, sólo le regalo una carcajada de desprecio» Edgar Allan Poe ¡Ignorantes!  Y de pronto estaba de nuevo en el aula de clases con una constante punzada de ardor corriendo en su entrepierna. Antes de poder detallar el salón, había cerrado los ojos tan bruscamente que creyó hacerse daño, así lo que por medio de una contemplación fugaz concibió como una muchedumbre de confusas siluetas, fue remplazada por el parduzco brillante propio del interior de sus parpados. Y mientras se regalaba a la oscuridad, aislado del mundo que seguro le estaba observando, el más espantoso terror recorrió todo su cuerpo: todo el aula, sin excepción alguna, le debía estar escudriñando con aquella expresión de desdén y lastima que odiaba tanto, seguro, denigrarían con consternación el pecado que recién acababa de cometer. No sabía la razón exacta, pero aún concebía la realidad vivida de una manera peculiar, sus sentidos aún estaban distorsionados, solo podría detallar con exactitud el dolor tormentoso en el que su sexo se desintegraba poco a poco. Las lágrimas bordearon el contorno de sus ojos, no solo por el dolor que se prolongaba en la parte baja de su cuerpo, sino por la tremenda humillación que su imaginación maldita acababa de materializar. Por fin ésta le había propinado su más decisivo y violento golpe, no pudo hacer más que llorar impotencia ante tan formidable adversaria. Creyó gritar cualquier maldición, cuando al abrirse de nuevo ante el mundo, se percató que poco de lo que había percibido como fatal destino era real: la clase se mantenía concentrada todavía en el discurso del profesor, y muy pocas miradas se fijaban en él, únicamente su compañera de al lado le miraba con leve expresión de asombro, pero nada, para lo que creyó fortuna, fuera de lo común.  Mientras su alma recuperaba la serenidad y daba un profundo respiro, escuchó de nuevo la voz de su cordura, que bajo toneladas de locura donde yacía enterrada, le gritaba que algo no andaba bien. Así era, algo no andaba bien, algo andaba verdaderamente mal. Quiso enmudecer aquella molesta voz de advertencia, pero no lo logró a cabalidad, y cuando pudo volver a sentir de nuevo la totalidad de su cuerpo, se dio cuenta, sin aceptarlo como algo estrictamente verosímil, de la lúgubre realidad que le afligía: tenía ambas manos insertas respectivamente en los bolsillos de su chaqueta, la izquierda con los dedos totalmente extendidos, nada que preocuparse, pero la derecha se encontraba empuñando un objeto tubular suave y flácido que le pareció desmedidamente familiar, terriblemente familiar.
 No podía creer lo que su juicio empezaba a concebir como algo real: ¡Aún se estaba masturbando! Pero… no tenía sentido alguno, después de todo, sus manos estaban fijas dentro de su chaqueta, no dentro del pantalón y sin embargo, era innegable que el objeto que su mano retenía no podía ser otro que su inerte sexo. De pronto, entre un revoltijo de pensamientos y sensaciones demasiado fuertes para que asimilara de inmediato, su respiración se detuvo de forma salvaje, el último sonido que alcanzó a escuchar fue el aire atorarse en la mitad de su tráquea. El color de su piel palideció hasta un blanco casi transparente. Todos sus sentidos, sin excepción se paralizaron al instante. No podía escuchar sonido alguno, las imágenes que le llegaban de sus ojos eran nada para su cerebro, el articular pensamiento le resultaba imposible, todo quedó delicadamente congelado en el tiempo. Solo una única y fatal proyección recorría su mente trastornada, como una única imagen que tapaba las demás en una pantalla de cine: aquel incesante goteo carmesí que se extendía por toda la parte baja de su pantalón.  Sus medias se humedecían incómodamente con aquella sustancia viscosa.  Contrastando con el espectral silencio que se extendió en su dimensión distante, una carcajada maniática retumbo en su mente, desde la lejanía de su locura. Cuando recuperó el movimiento de su cuerpo tras la helada parálisis, bajó su mirada para constatarse de que el siniestro destino del cual sospechaba, se había materializado como una exquisita verdad: una turbia mancha de un oscuro vinotinto se expandía presuntuosa y recorría el gris opaco de su pantalón, engendrando sangrientos ríos desde sus muslos y pantorrillas. Del otro lado de la pesadilla el pedazo de carne que la mano asía entre sus dedos era cada vez más flácido y frío.  Sin escatimar un segundo de consternación por el mismo miedo de revelar ante sí otro detalle macabro, sacó su mano del aterciopelado bolsillo para dejar al aire libre su inerte y rojizo sexo. Al contemplar aquel mortecino inmundo de palidez mortal observándolo como una diabólica lombriz apunto de devorar su rostro, sintió sus entrañas revolverse y el sabor amargo de cigarrillos fumados y café bebido aquella tarde mezclado con el fresco acre del porro predecesor a la clase, abrumó el gusto de su boca. Como inmerso en una galaxia muy distante de aquella aula de clases, contempló con mirada estúpida y lejana al sexo flácido que aprisionaban sus dedos.
 Conforme mantenía su mirada en aquella horrenda visión la expresión de horror y asombro se hacía cada vez más notable en su rostro, al final, cuando pudo escapar de aquel ridículo trance, daba la impresión de que los ojos lel brincarían en cualquier momento de sus orbitas. Tras aquel ridículo letargo de movimiento nulo, rodeó el aula entera de clases con su mirada, como un faro alumbra una costa solitaria, para percatarse que todo el horror que abrumaba su mente era paradójicamente, y para su aparente alivio, infundado: nadie le lanzaba aquella expresión odiada, nadie siquiera si fijaba concretamente en sus maniáticas acciones, la clase seguía como si nada, lo único real —si algo podía ser verdadero en aquella pesadilla— fueron contadas miradas de incomodidad fugaz que pasaban sobre la suya. Qué de esto podía tener lógica alguna, se preguntó entonces, por qué nadie se daba cuenta de su crítica situación y le ofrecía una oportuna ayuda, por qué nadie se asombraba horrorizado de aquel macabro espectáculo, por qué ninguna bulliciosa rubia (de las que nunca faltan en las películas) gritaba aterrada ante aquella situación, pero sobre todo ¡Por qué la clase continuaba tan comúnmente sin más ni menos cuando se acababa de arrancar su miembro viril de una manera que aún no lograba comprender! «Es porque has enloquecido ¡Idiota!» Mientras, observaba al vacío espeluznado por aquel irónico escenario, volvió a escuchar la voz de su juicio a más de mil metros de profundidad de locura, explicándole con indiferencia que lo que se suponía era su sexo atiborrado entre sus sudorosas manos no era más que aire, nada más que un sueño. Pero el dolor era real, y el goteo sangriento lo era en peor medida. Sollozando por su suerte, se dio cuenta de lo lejos que había llegado a inmiscuirse su inmisericorde imaginación en su absurda percepción de la realidad. Temblaba pero lo sabía, así todo eso se tratase de una pesadilla (la peor de toda su vida) sólo podía escapar de esta comprobando con sus propios ojos lo que en su entrepierna brotaba como un doloroso secreto.  Y sin poder reunir la energía suficiente para emitir sonido semejante a cualquier obscenidad o maldición, soltó el aterrador trozo de carne muerta, que cayó pesadamente en la mesa de su puesto produciendo un sonido grotesco, y procedió a desabrocharse sus pantalones con manos torpes e intranquilas, para después de algún esfuerzo bajarlos hasta el nivel de sus rodillas. Al rozar el algodón de su ropa interior con lo que constituiría la carne de la gran herida, una fuerte arcada de penetrante dolor acarició a su medula. Antes de bajar su mirada hacia lo que sería su destino fatídico, alcanzó a percibir cierta esperanza de que como antes, su sospechada pesadilla fuese nula al ser únicamente producto de su imaginación, y tras pasar un buen rato con la mirada ausente, viendo por el rabillo del ojo como toda el aula se alborotaba por su último acto, bajó la mirada, en búsqueda de algún vestigio de tranquilidad, y tan solo pudo a encontrarse con el hecho de que su perdida era tan cierta como su respirar. En donde se suponía debía erguirse orgulloso su sexo, no había más que un muñón flácido y un par de bolsas de carne empalidecida que colgaban de un único tendón escarlata, el cual amenazaba con reventarse en cualquier momento dejando caer lo que, pensó, fueron sus testículos en un mejor tiempo. Todo esto aderezado por un rio carmesí opaco que inundaba cada rincón de su entrepierna.
 Su imaginación se había superado a si misma.
Y esta vez sí pudo encontrar la voluntad suficiente para emitir un chillido tan agudo y lastimero, que hizo estremecer la entereza de cada persona allí presente. Esta vez era el centro espantoso de atención de la clase, esta vez era el acaparador de todas las miradas que se preguntaban por qué demonios un joven ordinario había dejado sus intimidades al aire libre y gritaba como si el mismo demonio le estuviera mirando desde allí.
Y ahí estaban, las expresiones odiadas de desdén y lastima y sin embargo ésta vez significaban nada para el loco. Nada de lo que conocía hasta ese momento podía ser comparable con un terror tan fatídico como el que le atrapó en sus redes en ese momento. En aquella tarde, aquella macabra e inolvidable tarde.

Terrible Como La Locura Misma

Fotograma del filme Psycho de Alfred Hitchcock (1960)

«Para el que anhele la locura por el sopor de sus días, sólo le regalo una carcajada de desprecio»
Edgar Allan Poe

¡Ignorantes!

Y de pronto estaba de nuevo en el aula de clases con una constante punzada de ardor corriendo en su entrepierna. Antes de poder detallar el salón, había cerrado los ojos tan bruscamente que creyó hacerse daño, así lo que por medio de una contemplación fugaz concibió como una muchedumbre de confusas siluetas, fue remplazada por el parduzco brillante propio del interior de sus parpados. Y mientras se regalaba a la oscuridad, aislado del mundo que seguro le estaba observando, el más espantoso terror recorrió todo su cuerpo: todo el aula, sin excepción alguna, le debía estar escudriñando con aquella expresión de desdén y lastima que odiaba tanto, seguro, denigrarían con consternación el pecado que recién acababa de cometer. No sabía la razón exacta, pero aún concebía la realidad vivida de una manera peculiar, sus sentidos aún estaban distorsionados, solo podría detallar con exactitud el dolor tormentoso en el que su sexo se desintegraba poco a poco.

Las lágrimas bordearon el contorno de sus ojos, no solo por el dolor que se prolongaba en la parte baja de su cuerpo, sino por la tremenda humillación que su imaginación maldita acababa de materializar. Por fin ésta le había propinado su más decisivo y violento golpe, no pudo hacer más que llorar impotencia ante tan formidable adversaria. Creyó gritar cualquier maldición, cuando al abrirse de nuevo ante el mundo, se percató que poco de lo que había percibido como fatal destino era real: la clase se mantenía concentrada todavía en el discurso del profesor, y muy pocas miradas se fijaban en él, únicamente su compañera de al lado le miraba con leve expresión de asombro, pero nada, para lo que creyó fortuna, fuera de lo común.

Mientras su alma recuperaba la serenidad y daba un profundo respiro, escuchó de nuevo la voz de su cordura, que bajo toneladas de locura donde yacía enterrada, le gritaba que algo no andaba bien. Así era, algo no andaba bien, algo andaba verdaderamente mal.

Quiso enmudecer aquella molesta voz de advertencia, pero no lo logró a cabalidad, y cuando pudo volver a sentir de nuevo la totalidad de su cuerpo, se dio cuenta, sin aceptarlo como algo estrictamente verosímil, de la lúgubre realidad que le afligía: tenía ambas manos insertas respectivamente en los bolsillos de su chaqueta, la izquierda con los dedos totalmente extendidos, nada que preocuparse, pero la derecha se encontraba empuñando un objeto tubular suave y flácido que le pareció desmedidamente familiar, terriblemente familiar.

No podía creer lo que su juicio empezaba a concebir como algo real: ¡Aún se estaba masturbando! Pero… no tenía sentido alguno, después de todo, sus manos estaban fijas dentro de su chaqueta, no dentro del pantalón y sin embargo, era innegable que el objeto que su mano retenía no podía ser otro que su inerte sexo.

De pronto, entre un revoltijo de pensamientos y sensaciones demasiado fuertes para que asimilara de inmediato, su respiración se detuvo de forma salvaje, el último sonido que alcanzó a escuchar fue el aire atorarse en la mitad de su tráquea. El color de su piel palideció hasta un blanco casi transparente. Todos sus sentidos, sin excepción se paralizaron al instante. No podía escuchar sonido alguno, las imágenes que le llegaban de sus ojos eran nada para su cerebro, el articular pensamiento le resultaba imposible, todo quedó delicadamente congelado en el tiempo. Solo una única y fatal proyección recorría su mente trastornada, como una única imagen que tapaba las demás en una pantalla de cine: aquel incesante goteo carmesí que se extendía por toda la parte baja de su pantalón.

Sus medias se humedecían incómodamente con aquella sustancia viscosa.

Contrastando con el espectral silencio que se extendió en su dimensión distante, una carcajada maniática retumbo en su mente, desde la lejanía de su locura.

Cuando recuperó el movimiento de su cuerpo tras la helada parálisis, bajó su mirada para constatarse de que el siniestro destino del cual sospechaba, se había materializado como una exquisita verdad: una turbia mancha de un oscuro vinotinto se expandía presuntuosa y recorría el gris opaco de su pantalón, engendrando sangrientos ríos desde sus muslos y pantorrillas. Del otro lado de la pesadilla el pedazo de carne que la mano asía entre sus dedos era cada vez más flácido y frío.

Sin escatimar un segundo de consternación por el mismo miedo de revelar ante sí otro detalle macabro, sacó su mano del aterciopelado bolsillo para dejar al aire libre su inerte y rojizo sexo. Al contemplar aquel mortecino inmundo de palidez mortal observándolo como una diabólica lombriz apunto de devorar su rostro, sintió sus entrañas revolverse y el sabor amargo de cigarrillos fumados y café bebido aquella tarde mezclado con el fresco acre del porro predecesor a la clase, abrumó el gusto de su boca.

Como inmerso en una galaxia muy distante de aquella aula de clases, contempló con mirada estúpida y lejana al sexo flácido que aprisionaban sus dedos.

Conforme mantenía su mirada en aquella horrenda visión la expresión de horror y asombro se hacía cada vez más notable en su rostro, al final, cuando pudo escapar de aquel ridículo trance, daba la impresión de que los ojos lel brincarían en cualquier momento de sus orbitas. Tras aquel ridículo letargo de movimiento nulo, rodeó el aula entera de clases con su mirada, como un faro alumbra una costa solitaria, para percatarse que todo el horror que abrumaba su mente era paradójicamente, y para su aparente alivio, infundado: nadie le lanzaba aquella expresión odiada, nadie siquiera si fijaba concretamente en sus maniáticas acciones, la clase seguía como si nada, lo único real —si algo podía ser verdadero en aquella pesadilla— fueron contadas miradas de incomodidad fugaz que pasaban sobre la suya.

Qué de esto podía tener lógica alguna, se preguntó entonces, por qué nadie se daba cuenta de su crítica situación y le ofrecía una oportuna ayuda, por qué nadie se asombraba horrorizado de aquel macabro espectáculo, por qué ninguna bulliciosa rubia (de las que nunca faltan en las películas) gritaba aterrada ante aquella situación, pero sobre todo ¡Por qué la clase continuaba tan comúnmente sin más ni menos cuando se acababa de arrancar su miembro viril de una manera que aún no lograba comprender!

«Es porque has enloquecido ¡Idiota!»

Mientras, observaba al vacío espeluznado por aquel irónico escenario, volvió a escuchar la voz de su juicio a más de mil metros de profundidad de locura, explicándole con indiferencia que lo que se suponía era su sexo atiborrado entre sus sudorosas manos no era más que aire, nada más que un sueño. Pero el dolor era real, y el goteo sangriento lo era en peor medida. Sollozando por su suerte, se dio cuenta de lo lejos que había llegado a inmiscuirse su inmisericorde imaginación en su absurda percepción de la realidad. Temblaba pero lo sabía, así todo eso se tratase de una pesadilla (la peor de toda su vida) sólo podía escapar de esta comprobando con sus propios ojos lo que en su entrepierna brotaba como un doloroso secreto.

Y sin poder reunir la energía suficiente para emitir sonido semejante a cualquier obscenidad o maldición, soltó el aterrador trozo de carne muerta, que cayó pesadamente en la mesa de su puesto produciendo un sonido grotesco, y procedió a desabrocharse sus pantalones con manos torpes e intranquilas, para después de algún esfuerzo bajarlos hasta el nivel de sus rodillas. Al rozar el algodón de su ropa interior con lo que constituiría la carne de la gran herida, una fuerte arcada de penetrante dolor acarició a su medula. Antes de bajar su mirada hacia lo que sería su destino fatídico, alcanzó a percibir cierta esperanza de que como antes, su sospechada pesadilla fuese nula al ser únicamente producto de su imaginación, y tras pasar un buen rato con la mirada ausente, viendo por el rabillo del ojo como toda el aula se alborotaba por su último acto, bajó la mirada, en búsqueda de algún vestigio de tranquilidad, y tan solo pudo a encontrarse con el hecho de que su perdida era tan cierta como su respirar.

En donde se suponía debía erguirse orgulloso su sexo, no había más que un muñón flácido y un par de bolsas de carne empalidecida que colgaban de un único tendón escarlata, el cual amenazaba con reventarse en cualquier momento dejando caer lo que, pensó, fueron sus testículos en un mejor tiempo. Todo esto aderezado por un rio carmesí opaco que inundaba cada rincón de su entrepierna.

 Su imaginación se había superado a si misma.

Y esta vez sí pudo encontrar la voluntad suficiente para emitir un chillido tan agudo y lastimero, que hizo estremecer la entereza de cada persona allí presente. Esta vez era el centro espantoso de atención de la clase, esta vez era el acaparador de todas las miradas que se preguntaban por qué demonios un joven ordinario había dejado sus intimidades al aire libre y gritaba como si el mismo demonio le estuviera mirando desde allí.

Y ahí estaban, las expresiones odiadas de desdén y lastima y sin embargo ésta vez significaban nada para el loco. Nada de lo que conocía hasta ese momento podía ser comparable con un terror tan fatídico como el que le atrapó en sus redes en ese momento. En aquella tarde, aquella macabra e inolvidable tarde.

Fotograma del filme Figth Club de David Fincher (1999) 
Él moría.
Sí, moría mientras la vida celebrada en aquel parque perdido en el cemento citadino, se regocijaba arrogante ante él.
Era una tarde perfecta. Los tímidos rayos solares traspasaban anaranjados las sombras de los que allí jugaban a vivir. Los arboles danzaban al compas de la cálida brisa y en el ambiente las risas de los chiquillos y el silbido de su inocencia alejaban a la estruendosa ciudad. 
Madres amorosas gozando de sus niños mimados, parejas apasionadas jugando al laberinto de los besos y las caricias, amistades fugaces luchando en el sopor del ocio, y uno que otro soñador dando de comer a sus fantasías aladas, a sus ratas aladas. 
¡Oh, sí, todo aquello era tan vivo, tan descontrolado… tan insoportable! 
Él en cambio moría y lo hacía sin apuros. Y en aquella muerte pausada lograba escapar del caos terrible de la vida, lograba difuminar las inquietas figuras con el humo espeso que escupía su alma. Y así, su corazón moribundo hallaba el consuelo. 
Tan solo estaba sentado allí fumando sin prisa, sentado allí muriendo sin prisa.  

Fotograma del filme Figth Club de David Fincher (1999) 

Él moría.

Sí, moría mientras la vida celebrada en aquel parque perdido en el cemento citadino, se regocijaba arrogante ante él.

Era una tarde perfecta. Los tímidos rayos solares traspasaban anaranjados las sombras de los que allí jugaban a vivir. Los arboles danzaban al compas de la cálida brisa y en el ambiente las risas de los chiquillos y el silbido de su inocencia alejaban a la estruendosa ciudad.

Madres amorosas gozando de sus niños mimados, parejas apasionadas jugando al laberinto de los besos y las caricias, amistades fugaces luchando en el sopor del ocio, y uno que otro soñador dando de comer a sus fantasías aladas, a sus ratas aladas.

¡Oh, sí, todo aquello era tan vivo, tan descontrolado… tan insoportable!

Él en cambio moría y lo hacía sin apuros. Y en aquella muerte pausada lograba escapar del caos terrible de la vida, lograba difuminar las inquietas figuras con el humo espeso que escupía su alma. Y así, su corazón moribundo hallaba el consuelo.

Tan solo estaba sentado allí fumando sin prisa, sentado allí muriendo sin prisa.  

EN LA PENUMBRAFotograma del Filme Watchmen de Zack Snyder (2009)  
Hace unas horas que cayó la noche en la capital y nuevamente la muerte merodea por la amargura de estas calles sin final, la misma muerte que ya me ha alcanzado antes, esa que desgraciadamente no se ha llevado mi vida, se ha llevado la de aquellas personas que alguna vez me dieron sentido, aquellas por las que mi corazón latía. Hoy en vísperas de su muerte, este mismo y cansado corazón sólo palpita soñando acabar con esta ciudad maldita, ciudad que me arrancó el alma. No soy nadie que interese, nadie que haya existido nunca, solo un alma en pena que justicia busca, un espectro moribundo con las ilusiones desechas, solo soy el cuervo solitario que vuela en las noches tristes de estas desconsoladas calles oscuras. Será una larga noche, los negros nubarrones ya han tomado lugar en el cielo, cortando la luz de todas las estrellas, luz que en algún momento le dio calor a mi corazón inmerso en este frío infierno. Hoy, por fin será la noche de mi venganza, el momento que segundo a segundo he estado esperando. Después de tantos años de persecución y seguimiento, he dado con el escondite de aquel sujeto, aquel engendro, aquel culpable de todas mis penas y pesares, el acaparador de toda mi rabia y aversión, sin duda alguna su muerte es la única razón de mí existir.Y, después de todo ¿Cómo olvidar a aquel inmundo sujeto? A aquellos ojos rojos, color mismo de la sangre y del fuego del averno, aquella mirada perversa, y a su blanca cabellera, tan pálida como la nieve seca, aquellas largas y lisas hebras que caen por su rostro, aquel semblante lúgubre y fino, que junto con sus labios muertos propios de un vampiro, forman facciones tan siniestras que harían estremecer hasta el más valiente hombre sobre la tierra, pero a mí no me provocan el más mínimo miedo, ni su muestra, por el contrario, es tal la fuerza con que mi corazón le repugna y desprecia, que es como sí dios estuviese viendo al demonio en la misma tiniebla. Su escondite es un edificio abandonado, ya deshecho por el paso de los años; el funesto escenario de esta perfecta noche, noche que verá por fin el logro de mis sueños. Está ubicado en una calle poco transitada por el común de la gente y aunque la noche la llena de drogadictos e indigentes, la entrada, camuflada por escombros, se encuentra aún desierta, de esta manera mi presencia no será percibida por nadie. Espero con mortal paciencia a mi objetivo en la penumbra, siempre escondido. Pasan horas, y la noche se hace sombría y el frío insoportable, pero ninguno de estos pesares hará que mi parecer cambie, seguiré esperando, firme en mi convicción de muerte. La opaca luz del faro de la esquina, refleja una sombra que se expande como un indicio de vida. Me acerco silencioso pero veloz cerca de aquella visión y lo veo de nuevo, la sombra se desliza ágilmente por el suelo hacia la abertura del edificio. No hay duda alguna, se trata del engendro al cual con tan profunda amargura desprecio. Entro en el oscuro recinto y las tinieblas se apoderan de todo mí alrededor; oscuridad tan penosa que evoca el recuerdo de aquel crimen, aquel tormento aterrador. Quizás fue tan horrendo el impacto de ver a mi compañera amada, junto con nuestra preciosa niña, completamente mutiladas y bañadas en su propia sangre, lo que me hizo olvidar con exactitud la naturaleza de aquellos hechos tan espantosos. Todo es recóndito, oscuro e inmerso en el siniestro olvido, tan solo recuerdo el clamor de los gritos y el llanto de tal martirio vivido,  recuerdo el olor a muerte que impregnaba la habitación, recuerdo la impotencia anclada en mi corazón y recuerdo aquella imagen, aquella visión; la recuerdo tan perfectamente como si estuviese pasando en este mismo instante, la imagen de aquel engendro repugnante, con su aspecto vampírico, de cabellos pálidos y mirada ardiente, acuchillando con tal crueldad y sevicia el cuerpo muerto de mi hermosa hija y mirándome, mirándome fija y directamente a los  ojos, penetrando en mi corazón con tal frialdad e inclemencia que hizo llorar cada rincón de mi entereza. Maldito recuerdo que me  ha condenado a la venganza. Doy pasos lentos y firmes mientras escucho también el retumbar de mi presa, recorro un pasillo oscuro que evoca en mí los más sombríos recuerdos, la sangre me hierve con tal ira que mataría sin contemplación al que se interpusiese en mi batida. Al voltear por la esquina del pasillo alcanzo a percibir un pequeño hilo de luz de luna que traspasa la dañada madera del techo, alumbrando con timidez el contenido del corredor donde ahora me encuentro. Sólo basura y desechos se interponen a mi paso, lo único que llama mi atención es una puerta al final del camino, destruida pero aún colgante que cerrada me invita a penetrar en su recinto. Me detengo súbitamente, cuando veo a la sombra que persigo expandirse sobre dicha puerta y al ver que detiene su marcha me convenzo; sé que detrás de la madera se encuentra él que por tanto tiempo he anhelado su deceso. Camino paso por paso hasta llegar al borde de la puerta y el último recuerdo de mi pasado doliente me atraviesa. El recuerdo de mí caída en las sombras, de perder toda esperanza de ser feliz, perder todo ánimo de luchar y vivir; pero mi vida no acabó, llegó a tener una única razón, al reconocer la existencia de mi malhechor, respirando con la esperanza de vengar toda una vida de dolor. Sin duda no va a escapar de mí, el odio ha vuelto a arder en mi corazón, le arrancaré sus ganas de vivir. Me dispongo justo al frente de la puerta dañada. Desenfundo mi revolver, mi único compañero, doy una patada a la puerta que sale despedida hacia el interior, lanzando hacia mis ojos un destello de luz que me enceguece. Todo es oscuridad, temor e impaciencia; es aquella amarga tranquilidad previa a la tormenta. Abro los ojos lentamente y… ¡Lo veo! Veo aquella mirada roja de sangre y fuego que desprecio tanto, aquella cabellera blanca y pálida que me estremece sin amparo, aquel rostro maligno, aquel monstruo autor de mis más desconsolados designios, está allí parado frente a mí, mirándome fijamente, con ese mismo brillo, esa misma expresión macabra de desdén y odio que me lanzó en la noche del crimen. ¡Maldito! ¡Pagara su sentencia! Levanto mi revolver, apuntando hacia su cabeza, listo a disparar, pero… Algo me detiene…¡Maldigo al miedo y al espanto y al pavor demoníaco a esto desconocido que destroza mi razón! ¡Qué maldita y macabra broma, tan cruda y sanguinaria me ha jugado el destino! En aquel olvidado recinto no se encuentra ningún hombre más que yo y mi respirar, sólo hay un objeto, un diabólico objeto que despierta en mi un terror mortal. ¡Solo hay un espejo, un espejo mirándome sin cesar, es mi reflejo el que se ve en el cristal! ¡Dios inclemente! ¡Soy el inmundo demonio a quien odio sin parar!

EN LA PENUMBRA

Fotograma del Filme Watchmen de Zack Snyder (2009)  

Hace unas horas que cayó la noche en la capital y nuevamente la muerte merodea por la amargura de estas calles sin final, la misma muerte que ya me ha alcanzado antes, esa que desgraciadamente no se ha llevado mi vida, se ha llevado la de aquellas personas que alguna vez me dieron sentido, aquellas por las que mi corazón latía. 

Hoy en vísperas de su muerte, este mismo y cansado corazón sólo palpita soñando acabar con esta ciudad maldita, ciudad que me arrancó el alma. No soy nadie que interese, nadie que haya existido nunca, solo un alma en pena que justicia busca, un espectro moribundo con las ilusiones desechas, solo soy el cuervo solitario que vuela en las noches tristes de estas desconsoladas calles oscuras. 

Será una larga noche, los negros nubarrones ya han tomado lugar en el cielo, cortando la luz de todas las estrellas, luz que en algún momento le dio calor a mi corazón inmerso en este frío infierno. Hoy, por fin será la noche de mi venganza, el momento que segundo a segundo he estado esperando. Después de tantos años de persecución y seguimiento, he dado con el escondite de aquel sujeto, aquel engendro, aquel culpable de todas mis penas y pesares, el acaparador de toda mi rabia y aversión, sin duda alguna su muerte es la única razón de mí existir.

Y, después de todo ¿Cómo olvidar a aquel inmundo sujeto? A aquellos ojos rojos, color mismo de la sangre y del fuego del averno, aquella mirada perversa, y a su blanca cabellera, tan pálida como la nieve seca, aquellas largas y lisas hebras que caen por su rostro, aquel semblante lúgubre y fino, que junto con sus labios muertos propios de un vampiro, forman facciones tan siniestras que harían estremecer hasta el más valiente hombre sobre la tierra, pero a mí no me provocan el más mínimo miedo, ni su muestra, por el contrario, es tal la fuerza con que mi corazón le repugna y desprecia, que es como sí dios estuviese viendo al demonio en la misma tiniebla. 

Su escondite es un edificio abandonado, ya deshecho por el paso de los años; el funesto escenario de esta perfecta noche, noche que verá por fin el logro de mis sueños. Está ubicado en una calle poco transitada por el común de la gente y aunque la noche la llena de drogadictos e indigentes, la entrada, camuflada por escombros, se encuentra aún desierta, de esta manera mi presencia no será percibida por nadie. Espero con mortal paciencia a mi objetivo en la penumbra, siempre escondido. Pasan horas, y la noche se hace sombría y el frío insoportable, pero ninguno de estos pesares hará que mi parecer cambie, seguiré esperando, firme en mi convicción de muerte. La opaca luz del faro de la esquina, refleja una sombra que se expande como un indicio de vida. Me acerco silencioso pero veloz cerca de aquella visión y lo veo de nuevo, la sombra se desliza ágilmente por el suelo hacia la abertura del edificio. No hay duda alguna, se trata del engendro al cual con tan profunda amargura desprecio. 

Entro en el oscuro recinto y las tinieblas se apoderan de todo mí alrededor; oscuridad tan penosa que evoca el recuerdo de aquel crimen, aquel tormento aterrador. Quizás fue tan horrendo el impacto de ver a mi compañera amada, junto con nuestra preciosa niña, completamente mutiladas y bañadas en su propia sangre, lo que me hizo olvidar con exactitud la naturaleza de aquellos hechos tan espantosos. Todo es recóndito, oscuro e inmerso en el siniestro olvido, tan solo recuerdo el clamor de los gritos y el llanto de tal martirio vivido,  recuerdo el olor a muerte que impregnaba la habitación, recuerdo la impotencia anclada en mi corazón y recuerdo aquella imagen, aquella visión; la recuerdo tan perfectamente como si estuviese pasando en este mismo instante, la imagen de aquel engendro repugnante, con su aspecto vampírico, de cabellos pálidos y mirada ardiente, acuchillando con tal crueldad y sevicia el cuerpo muerto de mi hermosa hija y mirándome, mirándome fija y directamente a los  ojos, penetrando en mi corazón con tal frialdad e inclemencia que hizo llorar cada rincón de mi entereza. Maldito recuerdo que me  ha condenado a la venganza. 

Doy pasos lentos y firmes mientras escucho también el retumbar de mi presa, recorro un pasillo oscuro que evoca en mí los más sombríos recuerdos, la sangre me hierve con tal ira que mataría sin contemplación al que se interpusiese en mi batida. Al voltear por la esquina del pasillo alcanzo a percibir un pequeño hilo de luz de luna que traspasa la dañada madera del techo, alumbrando con timidez el contenido del corredor donde ahora me encuentro. Sólo basura y desechos se interponen a mi paso, lo único que llama mi atención es una puerta al final del camino, destruida pero aún colgante que cerrada me invita a penetrar en su recinto. Me detengo súbitamente, cuando veo a la sombra que persigo expandirse sobre dicha puerta y al ver que detiene su marcha me convenzo; sé que detrás de la madera se encuentra él que por tanto tiempo he anhelado su deceso. 

Camino paso por paso hasta llegar al borde de la puerta y el último recuerdo de mi pasado doliente me atraviesa. El recuerdo de mí caída en las sombras, de perder toda esperanza de ser feliz, perder todo ánimo de luchar y vivir; pero mi vida no acabó, llegó a tener una única razón, al reconocer la existencia de mi malhechor, respirando con la esperanza de vengar toda una vida de dolor. Sin duda no va a escapar de mí, el odio ha vuelto a arder en mi corazón, le arrancaré sus ganas de vivir. 

Me dispongo justo al frente de la puerta dañada. Desenfundo mi revolver, mi único compañero, doy una patada a la puerta que sale despedida hacia el interior, lanzando hacia mis ojos un destello de luz que me enceguece. Todo es oscuridad, temor e impaciencia; es aquella amarga tranquilidad previa a la tormenta. Abro los ojos lentamente y… ¡Lo veo! Veo aquella mirada roja de sangre y fuego que desprecio tanto, aquella cabellera blanca y pálida que me estremece sin amparo, aquel rostro maligno, aquel monstruo autor de mis más desconsolados designios, está allí parado frente a mí, mirándome fijamente, con ese mismo brillo, esa misma expresión macabra de desdén y odio que me lanzó en la noche del crimen. 

¡Maldito! ¡Pagara su sentencia! Levanto mi revolver, apuntando hacia su cabeza, listo a disparar, pero… Algo me detiene…

¡Maldigo al miedo y al espanto y al pavor demoníaco a esto desconocido que destroza mi razón! ¡Qué maldita y macabra broma, tan cruda y sanguinaria me ha jugado el destino! En aquel olvidado recinto no se encuentra ningún hombre más que yo y mi respirar, sólo hay un objeto, un diabólico objeto que despierta en mi un terror mortal. 

¡Solo hay un espejo, un espejo mirándome sin cesar, es mi reflejo el que se ve en el cristal! ¡Dios inclemente! ¡Soy el inmundo demonio a quien odio sin parar!

Fotograma del Filme Fallen Angels de Wong Kar Wai (1995).Que el papel se incendie,
con el fulgor de la rabia que escupo,
y volando al cielo caiga sobre el mundo,
como una lluvia de cenizas ardientes,
como esta llovizna que acaricia mi frente. Y que cada lágrima, 
que brota de la herida que desangra mi alma,
envenene  la tinta que vomita mis palabras,
y asesine sin piedad al corazón humano,
ya demasiado marchito, demasiado enfermo 
para ser curado. Porque nadie llegó cuando estuve esperando,
Porque nadie escuchó cuando estuve gritando, 
Sólo el viento, demasiado frío, demasiado seco,
Sólo el silencio de un recuerdo demasiado lejano.Ahora sólo espero,
olvidar mientras caminó por este mundo vacío,
olvidar que sentí lo que nunca debí haber sentido .
Y olvidarte a ti, olvidarme de que existes, 
Olvidarme de aquel tiempo que nunca viviste. Ahora sólo quiero,
que la noche me envuelva en su silencio, 
y el frío me abrace con su helado fuego, 
y volar hasta la luna, perderme en el cielo,
y olvidarme de que fui parte de aquel recuerdo.Porque no encontré alas cuando quise volar,
Porque no encontré hombros cuando quise llorar,
Sólo las cenizas agonizantes de aquel tiempo lejano,
Sólo las ruinas de lo que queda de un necio pasado. Porque no te encontré cuando te estuve buscando,
Y te seguiré buscando aunque nunca te vaya a encontrar.  
Fotograma del Filme Fallen Angels de Wong Kar Wai (1995).

Que el papel se incendie,
con el fulgor de la rabia que escupo,
y volando al cielo caiga sobre el mundo,
como una lluvia de cenizas ardientes,
como esta llovizna que acaricia mi frente. 

Y que cada lágrima, 
que brota de la herida que desangra mi alma,
envenene  la tinta que vomita mis palabras,
y asesine sin piedad al corazón humano,
ya demasiado marchito, demasiado enfermo 
para ser curado. 

Porque nadie llegó cuando estuve esperando,
Porque nadie escuchó cuando estuve gritando, 
Sólo el viento, demasiado frío, demasiado seco,
Sólo el silencio de un recuerdo demasiado lejano.

Ahora sólo espero,
olvidar mientras caminó por este mundo vacío,
olvidar que sentí lo que nunca debí haber sentido .
Y olvidarte a ti, olvidarme de que existes, 
Olvidarme de aquel tiempo que nunca viviste. 

Ahora sólo quiero,
que la noche me envuelva en su silencio, 
y el frío me abrace con su helado fuego, 
y volar hasta la luna, perderme en el cielo,
y olvidarme de que fui parte de aquel recuerdo.

Porque no encontré alas cuando quise volar,
Porque no encontré hombros cuando quise llorar,
Sólo las cenizas agonizantes de aquel tiempo lejano,
Sólo las ruinas de lo que queda de un necio pasado. 

Porque no te encontré cuando te estuve buscando,
Y te seguiré buscando aunque nunca te vaya a encontrar.  
MALDITO RACISTA
Fotograma del Filme Biutiful de González Iñárritu (2010)
Smith despierta sobre la silla de un hospital. No ha dormido bien, y los pocos presentes lo miran de re ojo. El doctor se acerca a él y le dice que su hermano tendrá que ingresar a cirugía, que lo mejor será traerle algo de ropa limpia y sus documentos de identificación completos. Smith sale del hospital, totalmente destrozado, recordando como él y su hermano fueron atacados hace pocas horas por una grupo racista, que desde hacía meses los había acechado.
Sebastián espera en medio de una larga fila. Varios lo miran de manera acusadora. Quizás es porque la etiqueta de su maleta dice “Colombia”. Cada vez se siente más intimidado. Faltan pocos turnos para comprar la boleta, sabe por lo menos que el concierto valdrá la pena. Una joven a su lado lo saluda. Sebastián siente una fugaz pero fuerte punzada de miedo.
Smith camina por las calles que odia. Calles que siempre lo han acusado por el color de su piel. Puede que sea únicamente paranoia, piensa Smith mientras fuma, después de todo, anoche apuñalaron a mi hermano. Smith trata de calmarse y da una honda bocanada al cigarrillo. Y extrañamente siente que todo va a salir bien. Y sin embargo, sin previo aviso, un BMW pasa a su lado, y de éste emerge un joven con gafas de sol que le arroja una lata de cerveza y le grita “¡Negro de mierda!”. En reacción inmediata Smith agarra el revólver dentro de su cinturón, pero se da cuenta que el auto ya está demasiado lejos y aparta la mano del arma, sintiéndose impotente. Ya es demasiado, piensa mientras camina. Es demasiado.
Sebastián habla con una joven a la cual todavía no ha sido capaz de preguntar el nombre. Ya llegará el momento, piensa. Es atractiva. Lo de hace unos momentos fue una falsa alarma. Pero su desconfianza no era infundada, después de todo no hubiera sido la primera vez que se acerca a él para burlarse por ser de Colombia, o bien, para pedirle droga. Sebastián le pregunta su nombre mientras le sonríe, ella dice llamarse Niki, devolviéndole la sonrisa. Bonito nombre piensa Sebastián, un tanto común. Caminan por las calles frías de Londres mientras conversan. Sebastián le dice que no pensaba encontrarse con tanta discriminación, ella le responde que nadie en el mundo está exentó de ella. Siguen hablando mientras bajan por las escaleras eléctricas del subterráneo. Los dos ya tienen la boleta. El concierto va estar genial.
Smith baja por las escaleras eléctricas del subterráneo. Todo parece muy solitario. Solo dos jóvenes a unos cuantos escalones y nadie más. Ninguna mirada acusadora. Ningún gesto de desprecio. Se siente bien. Smith trata de nuevo de recuperar la calma. La escalera baja. Y de pronto escucha esa palabra que tanto odia: “Negro”. No lo puede creer. Debe ser mi paranoica cabeza, piensa. Pero la palabra se repite. Y otra vez. Negro. Negro. Su mano acaricia el revólver.
Sebastián se siente confundido. Niki le ha preguntado cómo llaman a las personas de color en su país. Le responde por quinta vez que “negro”. Ella no parece entender, lo mira estupefacta, y le dice que se lo repita, que no le entiende. No pensaba que mi inglés fuese tan malo, piensa Sebastián, mientras le responde por sexta vez a Niki, y una séptima más. Y de pronto lo ve. Siente que una ventisca helada recorre su medula. Siente vacío. Profundo vacío. Hay un hombre de color detrás de ellos mirándolos con rabia y desprecio. Niki no se ha dado cuenta. Sebastián tiene miedo. Si ese hombre reacciona como lo hacen en Colombia estaba perdido. Pero lo piensa y se siente seguro, está en Inglaterra después de todo. Una simple disculpa arreglará el malentendido. Sí, seguramente después se reirán de la anécdota. Sebastián suspira y se tranquiliza. Las escaleras se acaban. Sebastián se para a un lado de ellas, y le dice a Niki que lo espere más adelante. Trata de sonreírle al hombre que lo mira fijamente mientras se acerca. Seguro una disculpa bastará.
Smith no logra recordar un momento en su vida en el que sintiera una furia tan ciega y devastadora dentro de sí. Ya era suficiente. Estaba orgulloso de ser quien era. Él no estaba mal. El mundo estaba mal. Si no podían aceptar la diferencia no merecían nada. Por qué tenía que dejarlos vivir si no lo dejaban vivir a él y a su familia. Smith acaricia el revólver helado en sus manos. Lentamente los saca de su cinturón y lo esconde debajo de su chaqueta. A Smith no le importa pasar el resto de su vida tras las rejas. Está cegado por la rabia. Su único objetivo es acabar con ese pequeño racista de mierda. Y lo va a hacer. Vaya que lo va a hacer. Ve que el joven en cuestión lo espera al final de las escaleras. Cree que me podrá humillar, piensa. Pero ahora va a pagar. Ese pequeño racista acaba de cometer el peor error de su vida. Ya casi llega al final. Seguro un disparo a quemarropa bastará. Ese cabron debería correr, piensa Smith. Pero el joven lo espera, con una tímida sonrisa en su rostro. A ver si sonríes después de esto, racista de mierda, piensa Smith y saca el revólver.
El tiempo baja de velocidad. Sebastián mira perplejo como el hombre de color le apunta con un arma, mientras todavía sonríe. Su expresión cambia lentamente, mientras se da cuenta de lo que está pasando. Se suponía que esto era Londres. Se suponía que esto no pasaba acá. Escucha el grito de Niki demasiado lejano. Y dentro de los ojos de su próximo asesino ve odio y dolor. Pero sobre todo odio. ¿Y qué pasó con eso de país del primer mundo? Piensa Sebastián mientras observa perplejo como el hombre carga el revólver. ¿Y qué pasó con eso de la tolerancia? Maldito negro, con razón los odian. El hombre aprieta el gatillo.
Smith sabe que ha ido demasiado lejos. Mira perplejo el cadáver del joven en frente suyo. Su rostro es irreconocible detrás del amasijo sanguinolento que ha dejado el disparo a su paso. La materia gris del joven se extiende por el suelo de una manera grotesca. Smith no puede distinguir más que el cadáver. Su mundo está mudo. No hay más que el penoso cadáver dentro de él. Totalmente paralizado,  suelta el revólver, que cae al suelo sin hacer ruido. Lo maté, piensa Smith, y la acusación retumba en su cabeza. Lo maté. De pronto una joven llega al encuentro del cadáver y queda boquiabierta ante el macabro espectáculo. La joven se lleva su mano derecha a la boca y se encorva. Parece que va a vomitar. Pero de repente se endereza y mira a Smith con dolor y odio. Sobre todo con odio. Smith conoce esa mirada. Le grita que es un asesino, le grita que es un racista. Le grita que se va a pudrir en la cárcel por racista. Racista. Maldito Racista. Smith cae de rodillas pensando que el mundo está al revés y observa como la mano de la joven recoge el revólver que yace tirado enfrente de él. Maldición. Cuantas cargas había en ese jodido revolver, se pregunta Smith.
Cuando Niki dispara, lo único que recuerda es lo que le había dicho a su difunto amigo momentos antes acerca de la discriminación: nadie en el mundo está exento de ella.

MALDITO RACISTA

Fotograma del Filme Biutiful de González Iñárritu (2010)

Smith despierta sobre la silla de un hospital. No ha dormido bien, y los pocos presentes lo miran de re ojo. El doctor se acerca a él y le dice que su hermano tendrá que ingresar a cirugía, que lo mejor será traerle algo de ropa limpia y sus documentos de identificación completos. Smith sale del hospital, totalmente destrozado, recordando como él y su hermano fueron atacados hace pocas horas por una grupo racista, que desde hacía meses los había acechado.

Sebastián espera en medio de una larga fila. Varios lo miran de manera acusadora. Quizás es porque la etiqueta de su maleta dice “Colombia”. Cada vez se siente más intimidado. Faltan pocos turnos para comprar la boleta, sabe por lo menos que el concierto valdrá la pena. Una joven a su lado lo saluda. Sebastián siente una fugaz pero fuerte punzada de miedo.

Smith camina por las calles que odia. Calles que siempre lo han acusado por el color de su piel. Puede que sea únicamente paranoia, piensa Smith mientras fuma, después de todo, anoche apuñalaron a mi hermano. Smith trata de calmarse y da una honda bocanada al cigarrillo. Y extrañamente siente que todo va a salir bien. Y sin embargo, sin previo aviso, un BMW pasa a su lado, y de éste emerge un joven con gafas de sol que le arroja una lata de cerveza y le grita “¡Negro de mierda!”. En reacción inmediata Smith agarra el revólver dentro de su cinturón, pero se da cuenta que el auto ya está demasiado lejos y aparta la mano del arma, sintiéndose impotente. Ya es demasiado, piensa mientras camina. Es demasiado.

Sebastián habla con una joven a la cual todavía no ha sido capaz de preguntar el nombre. Ya llegará el momento, piensa. Es atractiva. Lo de hace unos momentos fue una falsa alarma. Pero su desconfianza no era infundada, después de todo no hubiera sido la primera vez que se acerca a él para burlarse por ser de Colombia, o bien, para pedirle droga. Sebastián le pregunta su nombre mientras le sonríe, ella dice llamarse Niki, devolviéndole la sonrisa. Bonito nombre piensa Sebastián, un tanto común. Caminan por las calles frías de Londres mientras conversan. Sebastián le dice que no pensaba encontrarse con tanta discriminación, ella le responde que nadie en el mundo está exentó de ella. Siguen hablando mientras bajan por las escaleras eléctricas del subterráneo. Los dos ya tienen la boleta. El concierto va estar genial.

Smith baja por las escaleras eléctricas del subterráneo. Todo parece muy solitario. Solo dos jóvenes a unos cuantos escalones y nadie más. Ninguna mirada acusadora. Ningún gesto de desprecio. Se siente bien. Smith trata de nuevo de recuperar la calma. La escalera baja. Y de pronto escucha esa palabra que tanto odia: “Negro”. No lo puede creer. Debe ser mi paranoica cabeza, piensa. Pero la palabra se repite. Y otra vez. Negro. Negro. Su mano acaricia el revólver.

Sebastián se siente confundido. Niki le ha preguntado cómo llaman a las personas de color en su país. Le responde por quinta vez que “negro”. Ella no parece entender, lo mira estupefacta, y le dice que se lo repita, que no le entiende. No pensaba que mi inglés fuese tan malo, piensa Sebastián, mientras le responde por sexta vez a Niki, y una séptima más. Y de pronto lo ve. Siente que una ventisca helada recorre su medula. Siente vacío. Profundo vacío. Hay un hombre de color detrás de ellos mirándolos con rabia y desprecio. Niki no se ha dado cuenta. Sebastián tiene miedo. Si ese hombre reacciona como lo hacen en Colombia estaba perdido. Pero lo piensa y se siente seguro, está en Inglaterra después de todo. Una simple disculpa arreglará el malentendido. Sí, seguramente después se reirán de la anécdota. Sebastián suspira y se tranquiliza. Las escaleras se acaban. Sebastián se para a un lado de ellas, y le dice a Niki que lo espere más adelante. Trata de sonreírle al hombre que lo mira fijamente mientras se acerca. Seguro una disculpa bastará.

Smith no logra recordar un momento en su vida en el que sintiera una furia tan ciega y devastadora dentro de sí. Ya era suficiente. Estaba orgulloso de ser quien era. Él no estaba mal. El mundo estaba mal. Si no podían aceptar la diferencia no merecían nada. Por qué tenía que dejarlos vivir si no lo dejaban vivir a él y a su familia. Smith acaricia el revólver helado en sus manos. Lentamente los saca de su cinturón y lo esconde debajo de su chaqueta. A Smith no le importa pasar el resto de su vida tras las rejas. Está cegado por la rabia. Su único objetivo es acabar con ese pequeño racista de mierda. Y lo va a hacer. Vaya que lo va a hacer. Ve que el joven en cuestión lo espera al final de las escaleras. Cree que me podrá humillar, piensa. Pero ahora va a pagar. Ese pequeño racista acaba de cometer el peor error de su vida. Ya casi llega al final. Seguro un disparo a quemarropa bastará. Ese cabron debería correr, piensa Smith. Pero el joven lo espera, con una tímida sonrisa en su rostro. A ver si sonríes después de esto, racista de mierda, piensa Smith y saca el revólver.

El tiempo baja de velocidad. Sebastián mira perplejo como el hombre de color le apunta con un arma, mientras todavía sonríe. Su expresión cambia lentamente, mientras se da cuenta de lo que está pasando. Se suponía que esto era Londres. Se suponía que esto no pasaba acá. Escucha el grito de Niki demasiado lejano. Y dentro de los ojos de su próximo asesino ve odio y dolor. Pero sobre todo odio. ¿Y qué pasó con eso de país del primer mundo? Piensa Sebastián mientras observa perplejo como el hombre carga el revólver. ¿Y qué pasó con eso de la tolerancia? Maldito negro, con razón los odian. El hombre aprieta el gatillo.

Smith sabe que ha ido demasiado lejos. Mira perplejo el cadáver del joven en frente suyo. Su rostro es irreconocible detrás del amasijo sanguinolento que ha dejado el disparo a su paso. La materia gris del joven se extiende por el suelo de una manera grotesca. Smith no puede distinguir más que el cadáver. Su mundo está mudo. No hay más que el penoso cadáver dentro de él. Totalmente paralizado,  suelta el revólver, que cae al suelo sin hacer ruido. Lo maté, piensa Smith, y la acusación retumba en su cabeza. Lo maté. De pronto una joven llega al encuentro del cadáver y queda boquiabierta ante el macabro espectáculo. La joven se lleva su mano derecha a la boca y se encorva. Parece que va a vomitar. Pero de repente se endereza y mira a Smith con dolor y odio. Sobre todo con odio. Smith conoce esa mirada. Le grita que es un asesino, le grita que es un racista. Le grita que se va a pudrir en la cárcel por racista. Racista. Maldito Racista. Smith cae de rodillas pensando que el mundo está al revés y observa como la mano de la joven recoge el revólver que yace tirado enfrente de él. Maldición. Cuantas cargas había en ese jodido revolver, se pregunta Smith.

Cuando Niki dispara, lo único que recuerda es lo que le había dicho a su difunto amigo momentos antes acerca de la discriminación: nadie en el mundo está exento de ella.

Olvidame

Naked Lunch

Fotograma del Filme Naked Lunch de David Cronenberg (1992)

Siempre quise ser escritor, igual que tú.

¿Por qué? Pues la verdad nunca supe por qué. Quizás pura vanidad o simple aburrimiento, lo cierto es que desde que empecé a leer Poe, Eliot, Stocker, Saramago e inclusive Shakespeare –bueno claro, cuando lograba entenderle una que otra oración– algo en mi cambió. Parecía como si un fulgor demasiado frío quemara todo lo que llevaba por dentro, quizás mi alma, o más bien esa obsesión enfermiza a la que todos llaman alma. El punto es que se sentía bien, me gustaba. Estar perdido en la nada de las letras, en el vacío de la tinta, acabar de leer para luego enterarme que el mundo seguía ahí, vaya, no había nada igual.  

Sí, tienes razón, quizás era mi escape, mi evasión o cualquier otra artimaña psicológica de mi retraída personalidad, lo único que sé es que me gustaba y nada más tenía que importar. Y pues por qué no perder a las demás personas en mis letras sin sentido ¿no?

De manera que empecé a crearme como escritor, y todo fue bien hasta que traté de escribir. No era tan fácil como creía, de hecho resultó ser casi imposible. Sólo conseguía mierda tras mierda en el papel, nada bueno, nada que realmente valiera la pena, solo palabras amorfas tratando de emular narraciones de otros, todo un festejo de tinta y de estupideces decoradas con intentos de ingenio. Después de años en vela la verdad llegó a mí, tan cruda como siempre: escribir no era lo mío. El problema es que me di cuenta de esto demasiado tarde. Había dejado atrás mi carrera, le había dado la espalda a mis padres que nunca llegaron a entender por qué su futuro medico había empezado a fumar, a hablar de cosas sin sentido y finalmente se había mudado a un cuarto perdido en el cemento citadino para que nunca más le volvieran a ver.

No me quedó de otra que refugiarme en la apariencia de un escritor, ya sabes la vida bohemia. Vestí como creí que los escritores debían vestirse, pensé y hablé como un autómata intelectual siempre refiriéndose a nada, citando a nada y explicando nada. Creí que así lograría escribir algo decente, que la vida de escritor sería más sencilla que la de un médico. Me equivoqué. Años después entendí que de hecho, los escritores no tienen vida, y que toda mi apariencia era una patética estupidez. 

Bueno vale, lo acepto, lo acabo de entender. 

Sí, es cierto, la idea de suicidarme pasó por mi mente varias veces ¿A quién no le ha pasado de todos modos? Pero peor que aceptar que escribir no era lo mío, era aceptar que vivir no era lo mío. No me quedó de otra que sumergirme en la inercia vacua del mundo, esa que lo mueve a quien sabe dónde. Navegué en apariencias y en placeres mundanos hasta que simplemente el asco me pudo.  

Si bien nunca pude escribir nada auténticamente mío, se me daba muy bien realizar, digamos, adaptaciones de mis cuentos favoritos. Perdona si me rio, es que realmente eran plagios y el termino de adaptación… bueno, te lo creíste.  

Sí, tienes razón, todos los escritores se ven influenciado por los estilos de sus autores preferidos, pero no, lo mío no era esto, es que realmente copiaba fragmentos, los unía con cierta coherencia, y bueno para escribir podía ser un asco pero para unir y copiar ¡Dios, era un genio! Ya sabes, es como cocinar: una pisca de Poe, algo de Sábato, después un poco de Barker, terminas con Shakespeare y voilá. 

Lo cierto es me divertía haciendo esto, no era nada genial, pero resultaba divertido. Hasta que llegó el día en el que cometería la mayor estupidez de mi vida: envié uno de mis apetitosos plagios a una reconocida editora.

No, sabía perfectamente que esto no me haría escritor, sabía perfectamente lo que me vendría después: una demanda, un abogado furioso por mi descaro literario, lo perdería todo y voilá, finalmente colgado tras las rejas. De todos modos ya me estaba cansando a la farsa a la que llamaba vida. Grande fue mi sorpresa al recibir una carta de la editora en cuestión, extrañamente entusiasmada y admirada por el supuesto cuento que yo había escrito, querían publicarlo y publicarme a mí como la revelación del año.

Sí, tienes razón, fue inevitable pensar que la gente era demasiado estúpida, que la vida era demasiado estúpida, pero si algo he aprendido en tantos años de respirar mentiras, es que las apariencias siempre engañan y detrás de todo acto estúpido existe siempre una intención ingeniosamente siniestra esperando atacar al que se intente pasar de listo. Debía ser una trampa, no cabía duda, o quizás simplemente se estaban burlando de mí. 

Bueno, yo decidí burlarme de ellos. 

Le respondí a la editora agradecido por tan dichosa oportunidad, pero les informé que el cuento no estaba del todo acabado y les pedí que esperaran una nueva versión que sin duda rebasaría en creces a la anterior. Naturalmente accedieron, sin demostrar demasiada importancia. Así que una noche de invierno, muy parecida a la que en este momento hace temblar mis huesos, desperté al farsante que había criado durante toda mi vida y me decidí a elaborar el mejor plagio que jamás hubiera creado. 

Vaya que fue una noche divertida, vacía eso sí, pero sumamente divertida. Reuní todos mis cuentos favoritos, todas las obras que le habían dado un sentido a despertarme cada mañana, y les miré sabiendo que ellas también me miraban a mí, sabiendo que dentro de poco empezarían a odiarme. No importaba, de todos modos yo también me odiaba. 

Empecé con algo de Poe e inicié al relato con un personaje con rasgos de sutil locura, ya sabes como en “El corazón delator”, después me decidí por Barker, y en primera persona empecé a burlarme grotescamente del personaje que estaba encarnando, inclusive copie textualmente el humor negro que impregna “El charlatán y Jack” ¿Lo has leído?, sí, lo sé, no es tan conocido. En ese momento recordé a Saramago y su ingenioso “Ensayo sobre la ceguera”, y no le vi problema a encubrir a mi personaje en sentimientos humanos hipócritamente prohibidos. 

En fin, no tienes que bostezar. Viaje durante toda la noche de un autor a otro, de un cuento a otro, copiando descaradamente los grandes retazos de paradojas y contradicciones que los habían hecho grandes.

Que si me sentí mal, bueno, fue algo más que eso. Sabía perfectamente que a cada letra en el papel algo dentro de mí moría, y vaya que dolía. En ocasiones parecía que la máquina de escribir vomitaría toda su tinta por la presencia de tan patético cobarde frente a ella y en ocasiones yo mismo creí que vomitaría. No importaba, prefería asesinar lo que quedaba de mi alma, a dejarla encerrada en la esperanza fútil en la que estaba inmersa. Ya sabes, mejor morir de pie a vivir arrodillado, dicen algunos. El punto es que seguí adelante sin importar las lagrimas, sin importar las nauseas y el infinito asco que sentía por mí mismo. Simplemente seguí adelante. 

El sol apenas empezaba a acariciar el horizonte aguamarina como si fuese el océano arribando en la orilla, cuando después de copiar una metáfora de Neruda acerca del amanecer, decidí darle final a mi gran plagio.

Pero me había equivocado en algo, había hecho de mi relato, bueno de mi plagio, imposible de concluir, por lo menos con algún fragmento de cualquier otro. Revisé uno por uno de los fragmentos que disponía, y créeme, eran bastantes, pero nada, no encontré nada coherente. Pasé días y quizás semanas buscando algún fragmento que pudiera concluir el fantasma deforme que imploraba que le diera fin, pero no encontré nada que valiera la pena. 

¿Qué hice? Pues lo que había soñado durante tanto tiempo: escribir, sí, era un asco, pero qué más daba, igual todo era una burla al sin sabor que consideraba vida, bueno claro, también a la editora. Me enfrenté a la máquina de escribir, e hice mi mayor esfuerzo por concluir el plagio con mis propias palabras. Me costó varios años, una fortuna en cigarrillos y calmantes, unas cuantas arrugas en mi rostro y demasiadas cicatrices en mi alma, y cuando, después de tanto, pude teclear el punto final, no me gustó lo que había escrito, era de esperarse, nunca me ha gustado lo poco que he escrito. Como te decía, para escribir soy un asco. 

Pero no importaba, igual lo envíe a la editora que me había acosado todos esos años y que poco a poco había perdido la esperanza de que les enviara algo. Lo único que esperaba es que todavía les importara lo suficiente para demandarme, y si tenía suerte, para condenarme.

¿Miedo? Sí, de pronto lo tenía pero lo más seguro es que me volara los sesos antes si quiera de presentarme al juzgado que me condenaría con la furia de todos aquellos maestros de los que me había burlado. Oh sí, la venganza sería realmente dulce.  

No, desafortunadamente la historia no acaba aquí. 

Pasaron los años, gané un Nobel, y ahora las personas me ven caminar por la calle y creen que sé escribir.  

De hecho, hace poco me crucé contigo, y vaya que eras un joven bastante peculiar. Fumabas y hablabas como intentando emular a cualquier bohemio, me has dicho que tu mayor sueño es ser escritor pero que simplemente escribir no es lo tuyo, inclusive me rogaste, tirado en el piso cual perro ahogado en su propia vanidad, que te contara el secreto de mi supuesto don. Me pareciste demasiado, si vas a admirar a alguien, no admires a un viejo que solo ha publicado un cuento en sus ridículos sesenta años, un relato literalmente plagiado de muchos más que lo llevaron a un patético éxito. Y ahora me ruegas que te cuente de donde ha surgido dicho relato.

Bueno chico… deberías prestar más atención.   

¿Qué si me siento culpable?  

Quizás sí, lo que pasa es que no sé de qué y bueno, me duele admitirlo pero soy un triste ejemplo de la estupidez humana. A menos claro que todo haya sido una trampa del destino y que éste, tan perezoso como siempre, haya olvidado activarla. 

¿Mis aspiraciones? Hace tiempo que murieron, acaso no las hueles, creo que el hedor empieza a ser insoportable, pero es que no sé donde enterrarlas, el olvido todavía no es suficiente. 

Sí, yo también me pregunto de dónde demonios surgieron aquellos relatos tan geniales que me hicieron sentir vivo en algún momento, y que copié para buscar un éxito que ahora me parece repugnante. Me lo pregunto todos los días. 

No sé, quizás el mundo ha cambiado demasiado. 

Ahora, lo único que me preocupa es que el nudo de esta soga quedé bien amarrado –nunca fui bueno para las manualidades–, y que la caída logre romperme el cuello, me han dicho que morir ahogado duele demasiado y es aburrido.  ¿Por qué me miras así? No es mi culpa que no hayas logrado escapar del espejo, después de todo, mi locura no llegó a ser tan desquiciada, eso creo. 

Pues lo siento, pero ya sabes, si plagias a un hombre consigues una demanda, pierdes todo lo que podrías considerar tuyo y terminas pudriéndote en la soledad de las rejas. Si plagias a Dios, te vuelves loco, te suicidas y terminas pudriéndote en la soledad del infierno. 

No es que haya mucha diferencia. 

Fotograma del Filme Tokio Blues de Anh Hung Tran (2010) 
Hoy nocturno canto al recuerdo fugaz, 
aquel secreto triste que decidimos sepultar,
pues la luna ya me envolvió en su luto,
él de un amor más negro que la noche,
uno muerto, de esos que no vuelven jamás. 

Pero que la sangre la derrame la tinta,
que las estrellas me acunen con su frío,
y que en el papel llore todo aquello que no volverá.Hoy nocturno, te canto a ti, amor mío,
para enterrarte de una vez por todas en el olvido,
pues las lágrimas ya escupieron en mi cara,
porque aún te anhelan, a ti, fugaz como el tiempo,
a ti, corazón de hierro e infinita mirada. Pero que el silencio seduzca a mi alma,
y la acuchille implacable con su miedo, 
y que gota a gota se desangren todas mis palabras.  Que la tristeza estalle por mis venas,
y desate un diluvio rojo en donde duerman tus recuerdos,
y puedan ahogarse en paz. Hoy y no mañana, ni nunca más,
canto por nuestra ya olvidada soledad,
porque la nostalgia ya me cautivó con su aliento mordaz, 
ya besó mi tristeza que es más acre que el desierto,
y más amarga que nuestro triste jamás.  Pero que me duela tu ausencia, 
sí, que el dolor nunca desfallezca 
y encienda en odio a mi corazón.¡Que llore entera la noche,
junto con todas sus estrellas, 
y que llore también el amanecer,
y la luna cante nuestra ultima canción!Pero que yo nunca, nunca te vuelva a ver. 
 
Fotograma del Filme Tokio Blues de Anh Hung Tran (2010)
 
Hoy nocturno canto al recuerdo fugaz, 
aquel secreto triste que decidimos sepultar,
pues la luna ya me envolvió en su luto,
él de un amor más negro que la noche,
uno muerto, de esos que no vuelven jamás. 

Pero que la sangre la derrame la tinta,
que las estrellas me acunen con su frío,
y que en el papel llore todo aquello que no volverá.

Hoy nocturno, te canto a ti, amor mío,
para enterrarte de una vez por todas en el olvido,
pues las lágrimas ya escupieron en mi cara,
porque aún te anhelan, a ti, fugaz como el tiempo,
a ti, corazón de hierro e infinita mirada. 

Pero que el silencio seduzca a mi alma,
y la acuchille implacable con su miedo, 
y que gota a gota se desangren todas mis palabras.  

Que la tristeza estalle por mis venas,
y desate un diluvio rojo en donde duerman tus recuerdos,
y puedan ahogarse en paz. 

Hoy y no mañana, ni nunca más,
canto por nuestra ya olvidada soledad,
porque la nostalgia ya me cautivó con su aliento mordaz, 
ya besó mi tristeza que es más acre que el desierto,
y más amarga que nuestro triste jamás.  

Pero que me duela tu ausencia, 
sí, que el dolor nunca desfallezca 
y encienda en odio a mi corazón.

¡Que llore entera la noche,
junto con todas sus estrellas, 
y que llore también el amanecer,
y la luna cante nuestra ultima canción!

Pero que yo nunca, nunca te vuelva a ver.