Memories of Oblivion

Todo aquel que tenga una razón para vivir, puede soportar cualquier forma de hacerlo.
La primera página de un cómic que realice para la universidad. Es mi primer acercamiento con este tipo de narración por lo cual mi dibujo y mi organización es bastante tosco. El cómic está basado en el siguiente cuento, que trata de mi percepción individual acerca de mi primer día en el “paro” estudiantil que atravesó mi universidad el año pasado.Día Cero  
La última vez que me viste hacía frío y el sol apenas despertaba. Salía hacia la universidad como cualquier otro día. Nos despedimos en el umbral de la puerta. Sabes que siempre he odiado madrugar.
No debí dormirme en ese maldito bus, no debí. De alguna forma pasaron mil años mientras recorría la ciudad. Lo supe en el momento en él que abrí los ojos: era de noche, el bus no podía seguir avanzando porque una barricada de escombros obstruía la vía. El conductor había desaparecido, yo era el único pasajero del bus. Me bajé. No había luna, tampoco estrellas, sólo un tímido fulgor rojo que palpitaba a lo lejos en la oscuridad del cielo.
No sé qué pasó, sigo sin entenderlo.
Conocía el lugar en donde estábamos. Era la calle 30, o al menos así se había llamado en mejores tiempos. Todo estaba en ruinas. Carros incinerados, camiones volcados, y un par de cadáveres en el asfalto que aún humeaban. Era difícil ver en aquella oscuridad. Me alejé del bus mientras las rodillas me temblaban. Caminé hacia el sur sorteando aquella carretera apocalíptica.
Llegué a las ruinas que antes habían sido la entrada principal de mi universidad. El instinto movió mis pies. Con cierta dificultad escalé las heladas rocas y pasé al otro lado, para darme cuenta, horrorizado, que la devastación y la desolación habían arrasado con el campus. No se vislumbraba ningún alma en kilómetros, sólo edificios derrocados, piedra carbonizada, vidrios quebrados, y maleza seca en donde una que otra fogata se extinguía en silencio. Recorrí los caminos de la universidad mientras buscaba a alguien que me explicara lo que pasaba. En cada edificio, en cada rincón árido y desértico de aquella pesadilla de la que anhelaba tanto despertar. No encontré a nadie. Empezó a lloviznar, la lluvia era roja, oscura.
Caminé por siglos, mientras la noche se tornaba silenciosa, sombría… siniestra. Sin darme cuenta mi cabeza rozó con lo que en días mejores fueron un par de pies, y ahora eran sólo huesos deformes con jirones de carne seca. Había un cadáver colgado de un alto árbol. Estaba desfigurado. El terror se caló en mis venas. Corrí como nunca había corrido en mi vida escapando de aquella visión.  Sentía que aquel esqueleto podrido se bajaría y empezaría a perseguirme en cualquier momento.
Llegué a la plaza principal de la universidad, enfrente del montón de escombros que había sido la biblioteca central. Una gran hoguera se extinguía en el centro, las cenizas inundaban el aire, el suelo estaba tapizado de cráneos. Me detuve jadeando mientras sentía que vomitaría un pulmón. Siempre me dijiste que el cigarrillo me mataría. Las cuencas vacías de las calaveras me miraban con odio, con lástima.
De pronto un disparo, aquel sonido inconfundible. Después calor en mi hombro, seguido de un ardor familiar y vago. Humedad. Me habían dado. Volteé rápidamente. Un hombre con piel de vaca en su espalda y una máscara de gas me apuntaba con un rifle a unos quince metros de distancia. La oscuridad era profunda. Me tiré al piso mientras otro disparo silbaba por encima de mi cabeza. Metros adelante un cuerpo cayó al suelo. Otro visitante desafortunado de aquel infierno. Repté como pude hacia las ruinas de la biblioteca y me escondí detrás de una viga corroída por el tiempo.
Observé aterrorizado cómo el hombre con piel de vaca se acercaba al desgraciado que acaba de casar, el rostro del hombre estaba destrozado por el impacto de la bala. Piel de Vaca se quitó la máscara y empezó a olfatearlo.  De repente, mordió y arrancó parte del cuello del hombre con unos dientes que habían sido mortalmente afilados. En ese momento fue cuando me oriné en los pantalones, nunca había tenido tanto miedo en mi vida. Mis gemidos de terror alertaron a Piel de Vaca que se irguió y me miró con aquellos ojos sin pupilas. Aquel monstruo todavía tenía un pedazo de carne chorreando sangre entre sus dientes.
Mis pies me salvaron. Corrí, me resbalé, repté, salté, cavé y seguí corriendo por horas y días, adentrándome, sin saberlo en los sótanos de la biblioteca, en donde la oscuridad es infinita.
Desde aquí te escribo. No sé cuánto tiempo ha pasado desde que pasó todo aquello. Días, meses, horas… quizás minutos. No sé qué ha pasado con el mundo y creo que nunca lo sabré. Sólo me acompaña el silencio de los cadáveres. A veces oigo disparos, a veces siento que insectos se mueven a mí alrededor en la oscuridad. Esperan mi carne. No tendrán que hacerlo por mucho más tiempo. La herida en mi hombro está cada vez peor y hay algo en el aire, algo venenoso. Cada vez me es más difícil respirar. 
Tenía que despedirme, así nunca leas esta carta escrita a la luz del encendedor que dio vida a mis últimos cigarrillos. Muero a cada palabra, ya no falta mucho.
Perdóname, nunca te dije lo mucho que te amaba. Adiós.

La primera página de un cómic que realice para la universidad. Es mi primer acercamiento con este tipo de narración por lo cual mi dibujo y mi organización es bastante tosco. El cómic está basado en el siguiente cuento, que trata de mi percepción individual acerca de mi primer día en el “paro” estudiantil que atravesó mi universidad el año pasado.

Día Cero  

La última vez que me viste hacía frío y el sol apenas despertaba. Salía hacia la universidad como cualquier otro día. Nos despedimos en el umbral de la puerta. Sabes que siempre he odiado madrugar.

No debí dormirme en ese maldito bus, no debí. De alguna forma pasaron mil años mientras recorría la ciudad. Lo supe en el momento en él que abrí los ojos: era de noche, el bus no podía seguir avanzando porque una barricada de escombros obstruía la vía. El conductor había desaparecido, yo era el único pasajero del bus. Me bajé. No había luna, tampoco estrellas, sólo un tímido fulgor rojo que palpitaba a lo lejos en la oscuridad del cielo.

No sé qué pasó, sigo sin entenderlo.

Conocía el lugar en donde estábamos. Era la calle 30, o al menos así se había llamado en mejores tiempos. Todo estaba en ruinas. Carros incinerados, camiones volcados, y un par de cadáveres en el asfalto que aún humeaban. Era difícil ver en aquella oscuridad. Me alejé del bus mientras las rodillas me temblaban. Caminé hacia el sur sorteando aquella carretera apocalíptica.

Llegué a las ruinas que antes habían sido la entrada principal de mi universidad. El instinto movió mis pies. Con cierta dificultad escalé las heladas rocas y pasé al otro lado, para darme cuenta, horrorizado, que la devastación y la desolación habían arrasado con el campus. No se vislumbraba ningún alma en kilómetros, sólo edificios derrocados, piedra carbonizada, vidrios quebrados, y maleza seca en donde una que otra fogata se extinguía en silencio. Recorrí los caminos de la universidad mientras buscaba a alguien que me explicara lo que pasaba. En cada edificio, en cada rincón árido y desértico de aquella pesadilla de la que anhelaba tanto despertar. No encontré a nadie. Empezó a lloviznar, la lluvia era roja, oscura.

Caminé por siglos, mientras la noche se tornaba silenciosa, sombría… siniestra. Sin darme cuenta mi cabeza rozó con lo que en días mejores fueron un par de pies, y ahora eran sólo huesos deformes con jirones de carne seca. Había un cadáver colgado de un alto árbol. Estaba desfigurado. El terror se caló en mis venas. Corrí como nunca había corrido en mi vida escapando de aquella visión.  Sentía que aquel esqueleto podrido se bajaría y empezaría a perseguirme en cualquier momento.

Llegué a la plaza principal de la universidad, enfrente del montón de escombros que había sido la biblioteca central. Una gran hoguera se extinguía en el centro, las cenizas inundaban el aire, el suelo estaba tapizado de cráneos. Me detuve jadeando mientras sentía que vomitaría un pulmón. Siempre me dijiste que el cigarrillo me mataría. Las cuencas vacías de las calaveras me miraban con odio, con lástima.

De pronto un disparo, aquel sonido inconfundible. Después calor en mi hombro, seguido de un ardor familiar y vago. Humedad. Me habían dado. Volteé rápidamente. Un hombre con piel de vaca en su espalda y una máscara de gas me apuntaba con un rifle a unos quince metros de distancia. La oscuridad era profunda. Me tiré al piso mientras otro disparo silbaba por encima de mi cabeza. Metros adelante un cuerpo cayó al suelo. Otro visitante desafortunado de aquel infierno. Repté como pude hacia las ruinas de la biblioteca y me escondí detrás de una viga corroída por el tiempo.

Observé aterrorizado cómo el hombre con piel de vaca se acercaba al desgraciado que acaba de casar, el rostro del hombre estaba destrozado por el impacto de la bala. Piel de Vaca se quitó la máscara y empezó a olfatearlo.  De repente, mordió y arrancó parte del cuello del hombre con unos dientes que habían sido mortalmente afilados. En ese momento fue cuando me oriné en los pantalones, nunca había tenido tanto miedo en mi vida. Mis gemidos de terror alertaron a Piel de Vaca que se irguió y me miró con aquellos ojos sin pupilas. Aquel monstruo todavía tenía un pedazo de carne chorreando sangre entre sus dientes.

Mis pies me salvaron. Corrí, me resbalé, repté, salté, cavé y seguí corriendo por horas y días, adentrándome, sin saberlo en los sótanos de la biblioteca, en donde la oscuridad es infinita.

Desde aquí te escribo. No sé cuánto tiempo ha pasado desde que pasó todo aquello. Días, meses, horas… quizás minutos. No sé qué ha pasado con el mundo y creo que nunca lo sabré. Sólo me acompaña el silencio de los cadáveres. A veces oigo disparos, a veces siento que insectos se mueven a mí alrededor en la oscuridad. Esperan mi carne. No tendrán que hacerlo por mucho más tiempo. La herida en mi hombro está cada vez peor y hay algo en el aire, algo venenoso. Cada vez me es más difícil respirar. 

Tenía que despedirme, así nunca leas esta carta escrita a la luz del encendedor que dio vida a mis últimos cigarrillos. Muero a cada palabra, ya no falta mucho.

Perdóname, nunca te dije lo mucho que te amaba. Adiós.